Frvolidad XXXII: Síndrome de Diógenes
Nunca me ha gustado tirar cosas. De hecho, tengo una afición inaudita a recopilar objetos y defender a ultranza su permanencia en mi casa, porque nunca se sabe. Creo que es un legado familiar, ya que vengo de una estirpe de reputadas acumuladoras. Mi madre tiene un mueble lleno de latas de confit de pato y botellas de vino tinto. Un búnker gastronómico por si la burguesía francesa se presenta un día a cenar sin avisar, o para que el Apocalipsis la pille siempre brindando.
Mi ropa está dividida en tres categorías. Lo que está en el armario es lo que me pongo, me he puesto alguna vez en los últimos ¿cinco? años o sospecho que puede volver a seducirme. La caja del canapé es el banquillo de temporada, donde descansan los trajes de seda en invierno y los suéters de lana gruesa en verano.
Fuera de la caja conservo pantalones desde la talla 36 a la 42, que he llevado en diferentes épocas según variaciones de peso. Ahora estoy en la talla intermedia pero insisto en guardarlos, porque una nunca sabe cuándo la vida te va a regalar —o quitar— unos cuantos kilos. La 36 es por optimismo. La 42, por prudencia.
En el armario de los zapatos también hay régimen de clases. Una caja grande, al fondo, da cobijo a una docena de tacones altos “para ocasiones”. Los pares de piel van en caja, las deportivas abajo. Y repartidos aquí y allá están los polizontes: un par de bluchers bicolor, unas botas de montar o unas babuchas doradas destalonadas con las que no he dado más de dos pasos.
Creo que hay dos tipos de personas: las que tiran y las que conservan. Yo me aferro a todos mis objetos como si fueran capítulos de mi historia. Los guardo en homenaje a la persona que fui en ese momento, como si deshacerme de ellos fuese borrar páginas enteras de mi biografía.
Entre mis enseres de dudosa utilidad hay unos zapatos de claqué, cintas mini VHS que nunca encuentro tiempo de convertir a digital, una pipa de mi padrastro fallecido hace 26 años o una vaporera de bambú. Son como los frescos de la capilla sixtina de mi propia existencia.
Como he dicho, no me gusta tirar. Prefiero, siempre que sea posible, regalar y pasar así el dilema a otra persona, pero con cariño. Cuando entrego algo, intento transmitir lo importante que ha sido en mi vida. “Esto me lo puse en mi graduación”, o “mi colección bisutería de plástico de los 90 que combinaba con la ropa”. Solo va directo a la basura lo que está dañado o no ha significado gran cosa.
He llegado a rescatar ropa del montón de ‘donar’ en el último minuto. Porque a veces puedes volver a enamorarte de lo que estás a punto de perder.
Reconozcamos el peligro del “por si acaso”. Es el responsable de que nuestra maleta vaya más llena sin sentido, de que compremos en las ofertas, de que en nuestro armario siga habiendo unos vaqueros pitillo. En cada compra, en cada viaje, me propongo vivir al límite y no pensar en posibles eventualidades. Aunque luego siempre vuelvo con cinco o seis prendas sin poner, o más cosas de las que necesito.
Cuando hago limpieza de armario me siento si traicionara a mis yoes del pasado. Ya no seré más esa persona con mono de terciopelo o con pantalones pirata de lunares. Cuando aplico algo de cordura, comprendo que no tiene sentido conservar un suéter con bolitas, o una camisa que ha amarilleado. Y tras la tensión llega el alivio, porque sé que cuando algo sale, otras cosas entran. Y rezo en silencio para seguir siendo la misma tras el ultraje.
También me encanta recibir tesoros de otras personas. Entre mis joyas de fondo de armario hay una gabardina inglesa de un tío lejano, americanas oversize de corte impecable de mi suegro y pañuelos estampados de mi suegra. Un legado que cambia de manos y me da la mejor excusa para no deshacerme de ellos jamás. Quizá no acumulo objetos: acumulo versiones y recuerdos de la gente que quiero.
Y así, entre reliquias y futuras versiones de mí, sigo ampliando mi colección de posibilidades. Y de objetos y prendas.