Frivolidad XXXIII: pelear con estilo
Después de once años, mi novio y yo hemos llegado a una conclusión inequívoca: pelear hay que pelear, sí, pero con estilo. No se trata de hacer tragedias griegas por un vaso que quedó fuera del lavavajillas —aunque alguna vez haya ocurrido—, sino de defender cada postura con elegancia, como si uno estuviera en una tertulia parisina y no en el pasillo, en pantuflas, con una diadema de ir por casa.
No nos gusta discutir, si no el desacuerdo como arte escénico.
Quizá la diferencia entre una pelea vulgar y una pelea con estilo reside en que nosotros preferimos las metáforas afiladas a los reproches fáciles. No gritamos, citamos. No arrojamos platos, analizamos con superioridad moral. Y cuando uno se queda sin argumentos, siempre queda el último recurso: elevar una ceja con elegancia. Esa ceja ha ganado guerras.
Claro que puede ser romántico reclamarle al otro que comprenda la exactitud del orden de las toallas, o que advierta el simbolismo de una vajilla escogida con devoción. Quien no sabe pelear por esas cosas, dudo que sepa amar de verdad. Porque si uno no discute por lo aparentemente trivial, ¿cómo va a defender lo verdaderamente importante?
Después llega la mejor parte:reconciliarse.
Ahí sí nos gusta exhibicionismo emocional. Nuestro pacto tácito: jamás permitir que un conflicto termine con menos pasión de la que lo originó. Se requiere mucha lucidez para entender que hacer las paces no es volver a estar como antes, sino algo mejor: es encontrarse de nuevo en el punto exacto donde uno recuerda por qué eligió al otro —y por qué lo seguirá eligiendo mañana.
La teoría esa que dice que el amor delirante caduca a los dos años es solo una fábula para quienes tienen miedo de incendiarse. ¿No es mucho mejor vivir en estado de combustión controlada?
Reírnos después de habernos fastidiado un poco es nuestra forma de renovar los votos. Cada discusión es una pequeña prueba de estrés para el cristal del amor. Y comprobamos, una y otra vez, que no se rompe: se pule.
Sí, once años y seguimos enamorándonos cada día con la seguridad de quien apuesta por lo que ya sabe que funciona. Pero hacerlo funcionar no significa que sea fácil: significa que vale la pena. Elegirse cuando todo va bien es un gesto simpático; elegirse después de discutir es un acto filosófico.
Lo entendí un día cualquiera, después de una pelea absurda que ahora ni recuerdo —señal de que fue importante—: amar no es evitar las grietas, sino tener la certeza de que siempre encontraremos la forma más bella de repararlas juntos.
Y así seguimos: peleando con estilo, reconciliándonos con más estilo aún,
y enamorándonos con el tipo de estilo que nunca pasa de moda.