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CARO DIARIO

Frivolidad XXXI: No tener televisión

No tener televisión puede parecer snob. Lo sé. Pero hay batallas que se libran por estética, y esta es la mía.

¿Has entrado alguna vez a una casa preciosa, con molduras, flores frescas, una vajilla encantadora… y zas, en mitad del salón, un televisor gigante como un monumento al tedio? Es como vestirse de Chanel para ir a un McDonald’s. Una anomalía visual.

Una grieta en la armonía doméstica. No hay mueble que lo salve, ni cuadro que lo disimule. Está ahí, negro, brillante, siempre en alerta, esperando tu atención como un gato con hambre.

Y sin embargo (y muy a mi pesar) en mi casa hay televisión. Diminuta, vetusta, profundamente humillante. Es tan vieja que necesita un adaptador para ver Netflix, lo cual me parece de una dignidad insólita. Un gesto de resistencia silenciosa. Como si dijera: “yo estaba aquí antes de las plataformas, antes del binge watching, antes incluso de la TDT”.

Me niego a gastar un solo euro en tecnología. Es dinero tirado. Nada tecnológico puede ser bonito. No hay lirismo en una barra de sonido. No hay misterio en un smart TV. El único botón que quiero tocar es el de un perfume de tapón dorado, o el de una chaqueta con forro de seda.

Además, en mi casa tiene que haber conversación. De la buena. Esa que se alarga, se ramifica, se desvía hacia temas absurdos y acaba en confesiones que no esperabas hacer. Cenar con la tele puesta me parece la muerte del alma. Y no es negociable. Si hay comida, hay voces. Humanas. Reales. Sin subtítulos.

Eso no significa que no consuma series, claro. Pero lo hago en el ordenador, o en un proyector pequeño que saco cuando hay ocasión especial, y que luego desaparece como un amante discreto. Y aún así —o por eso mismo— hay ciertos placeres que conservo con cierta ceremonia doméstica. Algunos domingos por la tarde-noche, por ejemplo, me quedo en la cama viendo Sexo en Nueva York (una serie que veo de cabo a rabo unas tres veces al año, sin ironía ni justificación) mientras como bombones de confitería. Los buenos. Sin saber qué relleno me va a tocar. Y todo en la penumbra amable de una casa en silencio. Es el cierre perfecto del fin de semana. Y no sería igual si lo viera en la tele. Perdería parte de su encanto. Como si de repente Carrie tuviera que salir en 4K, con Dolby Surround y recomendación algorítmica.

En fin, que cada uno se gasta el dinero en lo que quiere. Yo lo hago en cosas absurdas y gloriosas, como tarjetas personalizadas o velas que huelen a biblioteca veneciana. Pero un televisor nuevo… ¿para qué?