Frivolidad XXXVII: Lo chic
Mi primera frivolidad del año versa sobre un término antiguo y ligeramente resbaladizo que, después de siglos de uso más o menos discreto, ahora parece haberse puesto de moda y ser objeto de debate público: lo chic.
¿Qué significa realmente ser chic? ¿Quién decide qué lo es y qué no?
No dejo de ver en redes sociales listas, collages y sentencias categóricas sobre aquello que cada cual considera chic o, peor aún, aquello que deja de serlo. Yo misma utilizo el término con alegría irresponsable, así que he pensado que quizá os interesaría una lista —absolutamente subjetiva, por supuesto— de diez cosas que yo considero chic. No pretende sentar cátedra. Solo describir mi forma de estar en el mundo.
Para empezar: tener un océano de sabiduría de un centímetro de grosor es chic. Saber un poco de todo. Lo suficiente como para aportar algo en cualquier conversación sin pontificar jamás. Es chic leer el periódico. Enterarse de lo que pasa sin vivir permanentemente enfadada con el mundo.
Es chic leer libros en papel. Subrayarlos con lápiz. Doblar alguna esquina. Recordar en qué casa, en qué verano o en qué ruptura los leíste. Los libros electrónicos son prácticos, sí, pero lo práctico rara vez es chic.
Es chic no tener marquitis. Saber apreciar el diseño, la calidad y el trabajo bien hecho, pero sin necesidad de exhibirlo. Es igual de chic comprar una pieza impecable en una gran firma que encontrar una antigualla en un rastro que dé el pego. Ser amiga de los tenderos del mercadito de tu barrio, conocer sus nombres, preguntarles cómo están. Saber mezclar auténticos diamantes con bisutería. Ser ecléctica es chic.
Es chic el reloj analógico. Y de este burro sí que no me bajo. Un reloj que solo da la hora, que no te juzga, no te cuenta los pasos ni te recuerda que deberías respirar mejor. Un Apple Watch no es chic. Es eficiente. Y la eficiencia, salvo en casos muy concretos, no tiene glamour.
Es chic dejar propina. Ser generosa en general. Llevar siempre algo de efectivo para poder agradecer un buen servicio sin hacer aspavientos. La generosidad discreta es una de las formas más elegantes de inteligencia emocional.
Es chic tener un perfume especial y serle “más o menos” fiel. Digo “más o menos” porque entiendo la tentación de la infidelidad olfativa —yo misma caigo en ella—, pero envidio a la gente que utiliza el mismo perfume toda la vida. Es chic, chic, chic.
Es chic saber recibir en casa. Recordar qué le gusta a cada invitado, preparar algo sencillo pero bien pensado, servirlo con mimo. Tuve antepasadas aristócratas que se arruinaron y terminaron viviendo en una gran casa que se caía a pedazos. Incluso en la más absoluta miseria seguían sirviendo, a la hora del té, galletas María (lo único que podían permitirse) en bandeja de plata. Porque hacerlo bonito es chic. Siempre.
Es chic llegar puntual. Es chic irse a tiempo. Es chic no alargar una conversación cuando ya no tiene nada que decir. Es chic no mirar el móvil constantemente cuando estás con alguien. Escuchar es chic.
Es chic no intentar gustar a todo el mundo. Es chic no explicarse de más. Es chic saber reírse de una misma y no tomarse demasiado en serio. Es chic tener criterio propio y no convertirlo en un arma.
Y, sobre todo, es chic recordar que lo chic no se compra, no se aprende en tutoriales y no se demuestra en listas ajenas. Lo chic es una mezcla de educación, ligereza y atención al detalle.
Todo lo demás son disfraces.