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CARO DIARIO

Frivolidad XXXVI: las expectativas

El final del año me parece un buen momento para hablar de las expectativas. Son exigentes, traicioneras y pesan como ese bolso lleno de cosas que nunca acabas usando. Algunas ni siquiera son tuyas, pero las llevas contigo igual.

Las Navidades, los cumpleaños, las vacaciones y otras fechas señaladas son su hábitat natural. La mesa perfecta, el destino memorable, los regalos que aciertan siempre. Y el año nuevo como su mejor puesta en escena: el gran escaparate de los propósitos.

Las expectativas silenciosas son el peor sabotaje. Esperar, sin decirlo, que te sorprendan con algo que no has pedido. Que una cena con amigas sea exactamente como la habías imaginado. Que un viaje no tenga imprevistos.

Hace poco cumplí años. Tenía en la cabeza un plan sencillo: comer fuera con mi marido, escaparnos un rato, callejear, quizá alargar el día con una copa improvisada en casa con mis amigas. Nada grandioso. Dos niños enfermos y el guión se vino abajo. El día estuvo bien, fue bonito, pero no fue el que había imaginado. Y ahí está la trampa: no pesa lo vivido, sino la escena que habías ensayado antes.

En Navidad me gusta fantasear con la idea de no tener que hacer lista de deseos ni carta a los Reyes Magos. Que acierten sin instrucciones. El problema es que hoy quiero un perfume nicho y mañana lo considero un gasto innecesario. Vivo cómodamente instalada en la contradicción: me ahorra decidir, pero me expone a regalos correctos y poco memorables.

Hay personas que necesitan la rutina de lo esperado. Repetir planes, restaurantes o destinos de viaje. No es la planificación lo que me incomoda, sino esperar que la experiencia se repita intacta. Me parece la forma más eficaz de terminar con la magia.

Por eso me gusta cambiar siempre que puedo. Al lugar donde has sido feliz no quieras tratar de volver.

Si lo piensas, los mejores momentos no suelen estar en el guión. Simplemente suceden.

Abandonar la expectativa como forma de control me parece profundamente reparador. Lo extraordinario nunca aparece donde lo has colocado de antemano; suele surgir justo cuando no lo estabas esperando.

Así que, ahora que termina el año, no quiero imaginar demasiado el 2026. Meter solo lo necesario en mi bolso. Y dejar espacio para lo que no había previsto.