Skip to content
X

CARO DIARIO

Frivolidad XXXV: La ligereza

Esta es la última frivolidad que escribo antes de que termine el año. Me gusta la idea de cerrar ciclos con algo ligero, como quien apaga la luz dejando una lámpara encendida en otra habitación. Terminar el año hablando de ligereza me parece coherente, sencillo y un poco optimista. Una forma amable de despedirme de todo lo que pesó demasiado.

No hablo de viajar ligero. Jamás. Tampoco de vivir con poco. Eso me parece una fantasía escandinava difícil de sostener con dignidad. Yo viajo con varias cremas “imprescindibles”, libros que no leo y vestidos “por si acaso”. Y vivo rodeada de cosas: objetos, telas, vajillas, pequeños tesoros inútiles que me hacen feliz. La ligereza que me interesa es otra, mucho más sofisticada y bastante más complicada: tomarse la vida con ligereza.

Siempre he admirado con toda sinceridad a Escarlata O’Hara cuando decía aquello de «ya lo pensaré mañana». Me parece una de las frases más malinterpretadas de la historia del cine. En realidad no era frivolidad, era estrategia. Una forma muy elegante de no desmoronarse en mitad del salón. Pensarlo mañana no es huir, es dosificar el drama. Es confiar en que el tiempo —y una buena noche de sueño— hará su trabajo.

La ligereza es una actitud mental, no una estética minimalista. Es saber que no todo merece una reacción inmediata, ni un análisis profundo, ni una conversación de tres horas. Es entender que algunas críticas se aceptan, otras se archivan y muchas se ignoran con una sonrisa educada. Hay personas que viven como si cada comentario fuera un informe pericial sobre su valía. Yo prefiero vivir como si solo fuera una nota al margen.

He aprendido (a veces a la fuerza y otras veces leyendo a Milena Busquets) que dramatizar agota más que el propio problema. Que pensar en exceso no siempre es señal de profundidad, a veces es solo falta de perspectiva. Que hay momentos en los que lo más inteligente es ponerse unos zapatos bonitos, salir a la calle aunque haga un día espantoso y decidir no convertir nada en una catástrofe personal.

Saber reírse de una misma es una forma de autoprotección muy refinada. No tomarse demasiado en serio es, paradójicamente, una señal de madurez. La ligereza consiste en saber cuándo implicarse y cuándo retirarse mentalmente con sutileza. En no cargar con culpas ajenas. En no hacer propias todas las expectativas del mundo.

Pasar por la vida con ligereza es elegir no endurecerse. Es conservar algo de juego, de ironía, de gracia. Es mirar el desastre, suspirar, y decidir que hoy no te va a arruinar el día.

Mañana, quizá. Hoy no.