Frivolidad XXXIV: El desayuno
El desayuno es la comida que más respeto. Soy una persona nocturna y adoro disfrutarlo largo y pausado cada mañana. Desayunar con prisa o de pie puede arruinarme el día. Necesito silencio, calma y una dosis importante de café.
El desayuno es para mí una costumbre esencial. Es un momento del día en que nadie me reclama, aunque, si consiguiera madrugar un poco más, me buscarían un poco menos.
Empiezo con dos vasos de agua a los que he añadido, desde hace un año, un chupito de agua de mar. Dicen que equilibra los electrolitos, yo me limito a creer.
Desayunar con calma es un placer obligatorio, y el fin de semana debe ir lleno de buenas conversaciones y planes ilusionantes. Desayunar en soledad aporta paz mental y una sensación única de autocuidado. En compañía te regala una complicidad suave, sin expectativas.
No puedo entender a las personas que salen de casa solo con una ducha y el estómago vacío, como si su día no mereciera esa promesa tibia, en taza, de que todo saldrá bien. Yo necesito al menos una taza de café con leche viendo cómo sale el sol.
Los buenos hoteles lo saben bien. Por eso lo cuidan con esmero y, los mejores, te ofrecen una experiencia matinal que recordarás siempre. Ya sea porque desayunaste en la terraza de un palacete frente a la costa de Croacia o porque te sirvieron tostadas, dulces y mermelada casera en una casita rural de la campiña francesa.
Nunca dejaré que una triste galleta sea el único testigo del inicio de mi jornada. Como mínimo una tostada de pan de masa madre.
Mis rutinas matinales han variado bastante en los últimos años. Cambié el aceite y azúcar de mis tostadas por crema de cacahuete, y ahora consumo una mezcla mucho más sofisticada de yogur de proteínas, fresas, arándanos y una granola keto que solo venden online o en herbolarios. Tener listos los ingredientes en casa es siempre una pequeña victoria doméstica.
El café es fundamental, y voy variando entre la cafetera french press y la italiana, en función de la cantidad e intensidad que tenga previsto tomar. Y siempre café de especialidad o variedad arábiga. Porque el día puede fallar, pero el café, no.
Otra de las pasiones que he descubierto en los últimos años es la lectura con el café, desde libros de cocina a panfletos descuidados por la encimera, etiquetas de envases, revistas si hay suerte o cualquier cosa que caiga en mis manos. Me he convertido en una literata de los papeles olvidados, porque todo sirve si acompaña al café.
He leído a expertos en productividad alabar las virtudes de la organización matinal, de fijar objetivos, de empezar con actividad. Sinceramente, yo prefiero comenzar distraída, sin foco y sin propósito. El día me llevará. Yo, de momento, desayuno.
