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CARO DIARIO

Frivolidad XXX: La bañera

Me gusta bañarme desde que era una niña. Quizá porque crecí entre las esencias y sales de baño de Eau de Rochas de mi tía Cala, que cada mañana se sumergía en un baño de dos horas. Ese vivir sin prisa entre el vapor y el aroma a café recién hecho.

El baño -siempre muy caliente- es un ritual en el que me refugio con devoción desde que tengo memoria. Sumergida en la bañera he estudiado la carrera, he jugado a la Game Boy, he leído, he tomado tés, he escuchado cintas con los éxitos de los 40 y he cantado de memoria las bandas sonoras de El Jorobado de Notre Dame, Pocahontas o La Sirenita. Los efectos secundarios de una adolescencia entre burbujas y canciones Disney aún están por tipificar.

Bañarse es un placer doméstico, culpable y terapéutico, en el que no solo desnudo mi cuerpo, también mi alma, y dejo que los pensamientos floten como burbujas.

Mis preocupaciones no necesitan sales para diluirse automáticamente en el agua a la temperatura adecuada. El ruido blanco del agua al caer es como un mantra y el vapor es tan embriagador como una copa de vino.

Hay baños para la melancolía y baños para la inspiración. Bañeras jabonosas que combaten el aburrimiento o invitan a dejar la mente en blanco, sin testigos ni prisa.

Bañarse es una frivolidad muy poco sostenible. Lo sé, y mientras una parte de mi se siente culpable, la otra compra jabones de espuma y bolas aromáticas.

Para mí un baño es como una Couldina gigante: me recupera de todo. Entiendo perfectamente a Cleopatra y a Maria Antonieta, aunque sin duda prefiero el agua calentita a la leche de burra. Me veo más como Churchill, trabajando en la bañera, o Virginia Woolf buscando inspiración sumergida.

En las casas modernas se tiende a eliminar la bañera, y eso duele. Porque una casa sin bañera es como un pan de supermercado: funcional pero sin placer ni romanticismo.

Cuando me mudé a mi casa actual, insistí en conservar la nuestra “por los niños”. Quizá he tenido tres hijos para poder alargar mi tiempo de bañera.

Los hoteles son mis grandes templos del baño. En los mejores, las bañeras tienen vistas, son exentas e incluso exteriores. Después de recorrer una ciudad en el frío invierno, o antes de empezar un nuevo día de aventuras, no hay nada mejor que un baño. Reconfortante por la noche, revitalizante por la mañana.

He leído que Napoleón viajaba siempre con una bañera portátil. Porque está claro que conquistar un territorio sin darse un baño allí no cuenta.

Para mí, la vida sin bañarse pierde belleza. En un mundo de duchas rápidas, yo sigo creyendo en los baños largos.