Frivolidad XXVIII: La elegancia
Para mí hay algo mucho más valioso que la belleza: la elegancia. No se puede describir, pero se reconoce. Emana un perfume sutil con una estela duradera. La elegancia acaricia y fascina, es inexplicable y poderosa.
Hace poco, en una feria náutica en la que estuve por trabajo, había un hombre de avanzada edad que llamaba la atención. Donde todos iban con camisa blanca y chaqueta softshell, él vestía un traje de tres piezas, corbata y pañuelo. Con su pelo cano peinado hacia atrás y su andar pausado, flotaba sobre el resto, era un rey.
La elegancia está en todas partes. En un conserje con guardapolvo, en un niño leyendo al sol, en las ancianas casi siempre, en unas sábanas blancas bien planchadas.
La elegancia no entiende de poder adquisitivo, es una forma de estar en el mundo. No se puede aprender ni impostar. Un galgo es elegante, un chihuahua jamás. No puedo explicar por qué, pero para mí es una certeza.
Mi tía María, que llevaba una vida bohemia y construía piraguas en Mallorca, desprendía ese encanto mineral de la felicidad bien entendida. Llenaba las estancias de luz con un sencillo vestido de algodón y unas alpargatas.
La sobriedad me parece elegante, y también el silencio. Y los ritos religiosos, y los espressos. Un Mercedes no me parece elegante, pero un BMW sí.
Quejarse no es elegante. Aunque tengas razón. En cambio, agradecer es elegancia en estado puro.
Lo elegante jamás grita ni protesta. No es excesivo, ni impaciente. Pide, no reclama.
Hablar de dinero puede ser práctico, pero no elegante. Invitar sí lo es. Y dejar propinas. Quedar con alguien a comer y no pagar a medias. Hoy yo y la próxima tú.
Recuerda: siempre puedes elegir actuar de forma elegante, dejar esa huella en los demás; no hacerte la manicura con un color estridente, no protestar si el camarero tarda, invitar o dejarte invitar esta vez. Dar las gracias.
Yo elijo ser un galgo, y espero que tú también.
