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CARO DIARIO

Frivolidad XXVII: Los grupos pequeños de amigos.

Siempre he odiado los grupos grandes de amigos. Me agobian. Me aburren. Me estresan. Me parecen como cenas de empresa pero sin nómina. Porque por mucho que se vendan como una “familia elegida”, todos acaban igual: con subgrupos dentro del grupo, lealtades sospechosas, conversaciones paralelas en pasillos digitales, conflictos pasivo-agresivos por WhatsApp, cumpleaños multitudinarios organizados en régimen de turnos, y traiciones tan ridículas como quedarse a tomar algo con otro sin avisarte. Todo son problemas. Todo se complica. Todo exige explicaciones.

Yo, en cambio, prefiero lo íntimo. Lo manejable. Lo que no necesita un grupo de Telegram ni un Excel para cuadrar agendas. Prefiero tener cinco o seis amigos de verdad, no más. Gente a la que puedes invitar a desayunar un domingo sin tener que fregar con ansiedad la noche anterior. Gente que, si te ve en bata, no lo considera decadente sino lógico. Uno de esos, por supuesto, es mi hermana. Y con eso ya tengo casi el 50% del cupo cubierto.

Y sin embargo, debo de caer muy simpática, porque me invitan a muchísimas bodas. A veces me llega la invitación con relieve dorado y tengo que hacer memoria: ¿quién era esta persona? ¿Con quién se casa? ¿Es chico o chica? ¿Sigue viviendo en España? En fin. El universo de los conocidos es enorme, festivo, ruidoso, encantador, incoherente. Pero amigos, amigos de verdad… a esos los cuento con los dedos de una mano, y aún me sobran dedos para sujetar la copa.

Lo que más me gusta, además, es que mis pocos amigos se lleven bien entre ellos, aunque vengan de mundos distintos. Algo que, por supuesto, es muy fácil cuando solo tienes tres o cuatro amigos. En los grupos pequeños no hay drama: no hay jerarquías, no hay tensiones, no hay que “mediar”. Todo fluye. Todo encaja. Es una armonía perfecta, como un cuarteto de cuerdas ensayado: cada nota tiene espacio para escucharse.

A mí dame sobremesas largas con dos personas que se escuchan de verdad. Cenas improvisadas sin fotos. Conversaciones que se bifurcan, se detienen, se pierden y regresan sin que nadie se impaciente. A mí no me interesa ser parte de una tribu, ni llenar una mesa con veinte sillas, ni organizar mi cumpleaños como si fuese una comunión.

Un grupo pequeño es como una vajilla antigua: cada pieza importa, cada gesto cuenta. No hay sitio para figurantes, ni para ese amigo del amigo del primo de alguien que aparece aunque nadie recuerde invitarlo.

Yo elijo poco. Yo elijo bien. Yo elijo la mesa pequeña, las voces suaves, el cariño silencioso. Y si la vida es un banquete —que a veces lo es, y a veces no—, prefiero brindar con tres, antes que gritar con veinte. Porque la intimidad no hace ruido, pero llena muchísimo más.