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CARO DIARIO

Frivolidad XXIX: La depresión del domingo

La tristeza de los domingos por la tarde es una de mis frivolidades más antiguas. Me acompaña desde que era niña, y aunque podría haberla superado con el tiempo, como se supera el miedo al dentista o a los payasos, he decidido conservarla. Es una pequeña tradición emocional, una melancolía doméstica que me permite interpretar —con bastante convicción, la verdad— el papel de personaje trágico de novela rusa. Solo que en vez de vodka y tundra, yo tengo té Earl Grey, bata de satén y velas encendidas dentro de una chimenea de mármol que no funciona, pero queda preciosa.

Mi estado empieza puntualmente a las 16:00. A veces incluso antes, si he sido demasiado feliz durante el desayuno. Es entonces cuando la alegría del fin de semana empieza a deshacerse como un azucarillo en agua caliente y me transformo, de forma gradual pero firme, en una figura taciturna que deambula por el salón con la mirada perdida y las zapatillas flojas, como si el suelo fuera de mármol veneciano. No hablo. A veces suspiro. Me gusta imaginar que, en ese momento, mi vida está narrada por una voz en off con acento francés.

No hago planes los domingos por la tarde, por respeto a mi melancolía. No es que no tenga amigos, es que tengo un pacto con la tristeza: ella me visita cada semana y a cambio le reservo silencio, luz tenue, y una atmósfera decadente pero cuidada. A las cinco, por ejemplo, me sirvo una merienda que no necesito pero que me consuela: bizcocho algo seco, mermelada demasiado cara, café en taza de porcelana fina, como si esperara una visita que no viene desde 1978.

Mis más allegados ya saben lo que ocurre. Están al tanto. No diré que lo entienden, pero han aprendido a convivir con ello como quien se adapta a una vecina que canta ópera a deshoras. Supongo que están hasta el pirri, pero me quieren igual. Porque saben que yo, el resto de la semana, funciono con una cordura más o menos razonable. El domingo por la tarde, sin embargo, es terreno de mi alma lunática. Zona liberada. Horas cedidas a la melancolía estética.

Tengo mis pequeñas ayudas, claro. Mis armas secretas para que el bajón sea al menos digno. Una buena vela, las de Trudon son perfectas para el domingo. Un disco de piano que suena a despedida. Un abrigo demasiado elegante colgado en la percha del pasillo, por si decido salir a mirar las calles vacías como si fueran una exposición de domingo triste. Me paseo por casa con las luces bajas y los pensamientos altos. Soy casi feliz en mi tristeza. Una heroína menor en una historia sin conflicto. Pero con satén.

Todo termina el lunes a las 7:00 de la mañana, cuando la vida me recuerda que ya no soy Anna Karénina, sino una señora con trabajo, listas de tareas y reuniones que nadie debería tener tan temprano. Me despido de mi personaje hasta el próximo domingo. Le prometo que volveremos a vernos. Y él, silencioso, se queda aguardando entre las páginas de un libro, en el fondo de un cajón, o en la penumbra exacta del salón cuando dan las cuatro.