Frivolidad XXVI: Special price
El special price es como el novio que no te conviene. Te atrae de alguna manera aunque no te apasiona, y sabes que esa relación será corta y probablemente irrelevante en tu vida. Es un sí que siempre debió ser un no, un artículo al que nunca debiste prestar atención.
Intento evitarlo, pero siempre reviso los artículos de rebajas, las secciones outlet y las peligrosas promociones de artículos a precio especial. Sé que están cumpliendo su cometido. Pero una y otra vez me pillan desprevenida y acabo con unas bailarinas de lentejuelas o un jersey que en dos semanas se llenará de bolitas.
Los artículos special price son un canto de sirena de lo que no necesitas y ni siquiera deseaste nunca. Porque sabes -y lo sabes- que esas prendas no serán imprescindibles de tu armario, y que quizá no llegues a estrenarlas. Son ese “por si acaso” que sabes que no ocurrirá.
Pese al pequeño triunfo que supone comprar más barato, siempre te hará más feliz saber lo que quieres tener. Y ahí sí, entran las rebajas de temporada, en las que puedes realizar esa labor casi arqueológica de encontrar la camisa de algodón impoluto de rayas azul y blanco –de tu talla– que pasará a formar parte del selecto club de tu fondo de armario.
Detesto el regateo con todas mis fuerzas. Ni para comprar ni para ofrecer servicios. Una devaluación consciente e injustificada que solo aporta una efímera sensación de victoria en el comprador, pero ningún valor añadido para las partes. Porque nunca valoras igual algo que has conseguido regateando, y esa es una verdad universal.
Cuando visito algún zoco de viaje, siempre me pido el papel de poli bueno. El ritual de empezar con un precio ridículamente alto y finalizar con aspavientos reduciendo a menos de la mitad como si te hicieran un favor me resulta de lo más incómodo. El año pasado en Marruecos tuvimos que regatear hasta en un taxi.
Recuerdo cuando, de adolescente, mi padre me llevó a comprar unos Levi’s y ya en la caja le dijo a la dependienta, – “bueno, ¿y qué me regalas?”-. ¿Cómo que qué le regala? Consiguió unas pegatinas y un llavero que no nos hacían ninguna falta, y a su hija roja de vergüenza hasta la coronilla.
Las liquidaciones me parecen otra cosa. Transacciones con beneficio mutuo para liberar stock, algo más elevado que los precios especiales o las rebajas sin motivo alguno. O quizá me ha vuelto a engañar el sistema. Es posible, porque los caminos del marketing son inescrutables y siempre me pillan sin brújula.
No me molesta pagar más de cuatro euros por una buena hogaza de pan o un café de especialidad o incluso doscientos por un tratamiento para el cabello. Porque sé que lo quiero. Pero entonces, ¿por qué no hacer lo mismo para tener una buena camisa en vez de tres, o una americana bien patronada, o un abrigo que dure diez inviernos?
Y ahí va otra verdad: lo que dura no suele estar rebajado.
