Frivolidad XXV: No maquillarse
No maquillarse es un escándalo silencioso. Una subversión elegante. Es como ir desnuda por la calle, pero con una camisa blanca de popelina, recién planchada y perfumada.
No maquillarse (o hacerlo tan ligeramente que parece que no lo has hecho) es, en estos tiempos de filtro HD y tutoriales de contouring nivel arquitectónico, una declaración de intenciones más poderosa que un discurso en la ONU.
Personalmente, me fascina la idea de la cara propia. La tuya. La que se ve después de la ducha, antes del primer café. Con su ojera, su microgranito, ese ligero rastro de humanidad que no cubre ningún corrector del mundo. Hay que tener mucho aplomo para presentarte ante el mundo con la cara puesta de serie. Una actitud muy “no tengo tiempo para tus artificios porque estoy ocupada brillando desde dentro”. Muy princesa fugitiva. Muy Marlene Dietrich bajando a por el pan en bata de seda.
Confieso que me cuesta la idea de ponerme en manos de un maquillador para grandes ocasiones. No porque dude de su talento, sino porque luego no me reconozco. Me miro al espejo y pienso: ¿quién es esta chica tan guapa? ¿Y qué ha hecho con mi cara? Y lo peor es que todos te lo dicen: “¡Estás espectacular!”. Claro, porque no soy yo. Soy una fantasía de mí misma con iluminador.Echo de menos mis pecas, mi ceja sin perfilar, el contorno desdibujado de mis labios.
Y es que encuentro infinitamente más elegante una piel desnuda. Eso sí: hidratada, exfoliada, protegida del sol, masacrada a serums que cuestan más que una noche con desayuno en el Ritz, y con el brillo interior de alguien que se toma tres infusiones detox al día pero se sigue comiendo los pasteles de tres en tres. Una contradicción con poros, vamos.
Me parece admirable que haya quien salga a las 9:15 de un martes con un smokey eye digno de los Globos de Oro. A mí me da la risa solo de pensarlo. ¿Qué saben del mundo que yo no sé? ¿Qué desayunan? ¿Autoestima con muesli?
Abrazo la pereza estética como quien se envuelve en un trench de Burberry: con dignidad. Me parece más seductor un buen aceite de noche que un eyeliner perfecto. Más excitante un granito inoportuno que una piel plastificada. No me interesan las caras perfectas. Me interesan las que se agrietan, las que parpadean, las que ríen sin miedo a arrugarse.
En resumen: no maquillarse es como llegar tarde con estilo. Como decir “no me dio tiempo” cuando en realidad lo planeaste todo con minuciosidad para que parezca que no hiciste nada.
Una piel limpia y sin maquillaje es la versión cutánea de una gran frase dicha en voz baja. Hay que acercarse para oírla. Y eso, créeme, es seducción de la buena.