Frivolidad XXIII: las películas
No veo pelis de ciencia ficción, ni thrillers, ni esas cosas donde la gente corre por túneles oscuros sudando mucho. No puedo. Me agotan. ¿Por qué iba yo a querer pasar dos horas en tensión por un asesinato inventado, pudiendo ver a una mujer en bata de satén desayunando melón en una terraza siciliana, mientras un conde arruinado le jura amor eterno?
Mis géneros son dos: amor y lujo. Al menos uno de los dos. Si la película no contiene una historia pasional de esas que rozan el ridículo o una vajilla de plata pulida con lágrimas de doncella, simplemente no me interesa. Quiero alfombras persas, lámparas de Murano, pieles de zorro, declaraciones grandilocuentes, maletas de Louis Vuitton en trenes que cruzan Europa. Gente que se arruina por amor, se tira por un balcón por amor o cruza el Atlántico en smoking por amor.
Llevarme al cine es una tarea ardua. Primero hay que convencerme de que la película contiene alguno de mis ingredientes fetiche. No es imposible, pero es trabajoso. Quienes me conocen ya han aprendido a venderme las sinopsis con frases como “ella lleva abrigo de Max Mara hasta en la cocina” o “hay una escena con copas de champán en una piscina de mármol”. Eso sí, como me cueles una peli con cámara en mano y diálogos susurrados mientras dos desconocidos se gritan en una cocina mal iluminada, no me lo perdono.
¿Y si la peli es mala? Si cumple mis requisitos, me da igual. Si hay lujo o hay amor, o amor dentro del lujo, o lujo por amor, yo entro encantada. He llorado con comedias románticas infames solo porque salía alguien con un camisón de raso cruzando una biblioteca barroca. El argumento es secundario si el entorno es decadente y alguien suspira con convicción.
Cualquier cosa que lleve el sello de Visconti, Hitchcook o Polanski me viene bastante bien, aunque la peli que veo 3 o 4 veces al año es el Talento de Mr Ripley. Realmente, siendo muy sincera, mi amor por el amor y el exceso no distingue entre alta cultura y películas como The Tourist (tremendamente infravalorada, si me preguntas). Me sirve todo, si me hace soñar con un mundo donde la gente aún se escribe cartas con membrete y viaja con baúles.
Al final, ir al cine es un acto de escapismo. Y yo, sinceramente, ya tengo suficiente drama en la vida real como para elegir voluntariamente una historia sobre asesinos en serie. Prefiero una buena lámpara art déco y un beso robado en un salón a la hora del té. Y si eso es frivolidad, que lo sea. He visto cosas terribles en esta vida: gente que no disfruta de Match Point porque “nadie es simpático”, o que se aburre con El Gatopardo. No quiero ser esa clase de persona.
Hay quien va al cine a enfrentarse a la verdad; yo voy a reconciliarme con la mentira que más feliz me hace.