Frivolidad XXII: los olores
Tengo olfato de sabueso. Puedo detectar fácilmente si mi marido ha comido queso antes de cenar, el cigarro nocturno del vecino a través de mi ventana, el rastro de mi madre antes de entrar en su casa. Puedo saber a cuál de mis amigas pertenece una prenda con una simple inspiración.
Mi capacidad para detectar hasta las notas más sutiles me ha llevado a acuñar una terminología propia que incluye el olor a pájaro, olor a cole, olor a dormido, olor a cabeza.
Creo en el olor a limpio; puedo incluso aceptar los lugares que gritan lejía de manera flagrante. Pero un mal ambientador puede arruinar cualquier espacio. Recientemente, uno con pretensiones de fruta tropical me estropeó una comida.
Un ambientador no debe jamás tapar el olor original, sino acompañarlo y elevarlo. No puedo contar la cantidad de trayectos en taxi que me ha amargado una fragancia excesiva o inadecuada.
Los olores de las casas me interesan y me repugnan a partes iguales. Al cruzar el umbral del hogar ajeno uno puede toparse con mezclas imposibles: del detergente al caldo de puchero, del recuerdo de una ducha reciente a la madera de una cómoda antigua.
Un buen aroma de hogar debe acariciar, no golpear. Debe ser leve, presentirse como una sombra. Debe dejarse buscar sin llegar a revelar su identidad. El olfateador no debe saber si es ropa limpia, un bouquet de flores o un bizcocho en el horno.
El aroma de un hogar es ajeno a la posición económica, pero no al buen gusto. Una casa humilde puede vibrar con un impecable olor a jabón de Marsella y otra mucho más pudiente puede ser un territorio inhóspito donde reine la fritanga, la humedad o el olor a mascota.
En mi casa no se fríe, y el aceite de girasol es una blasfemia. Los quesos, siempre a salvo de mi detección; el gel de ducha, escogido con cuidado; y un spray textil seleccionado tras una investigación digna del FBI.
Aprecio las tiendas que tienen un aroma propio. Me gusta pensar que podría entrar con los ojos vendados y sabría exactamente dónde estoy. Me gusta que la marca me acompañe hasta mi casa y que se pose sobre mí cuando estreno, para recordarme que he comprado una buena prenda.
De los olores también surgen obsesiones, filias y fobias. Horas invertidas en tiendas, con la nariz por delante, descubriendo el oud o la bergamota, imaginando que el perfume de mi vida llevaría almizcle y sándalo, pero nunca mimosa.
Hace poco he descubierto que adoro aromas que antes despreciaba por aburridos, como la rosa. Juzgando sin conocer, pensaba que era cursi y poco elegante, y he pasado a elegirlo como una de las notas principales para que mi casa huela “de très grande classe”.
Porque ya lo dijo el poeta: “coged las rosas mientras podáis, veloz el tiempo vuela”. Y yo, mientras tanto, continuaré metiendo la nariz en cualquier frasco, vela o nevera.
