Skip to content
X

CARO DIARIO

Frivolidad XXI: Estar sola

Claro que me gusta estar con gente. Disfruto de las comidas largas, las conversaciones brillantes, las escapadas románticas y de esas sobremesas eternas donde se confiesan secretos que al día siguiente todos fingen haber olvidado. Pero, siendo sincera, nada de eso me gusta tanto como estar sola. Yo sola. Sin testigos, sin compromisos, sin ruido. A solas conmigo misma, que soy, por cierto, una compañía excelente. Me río de mis propias ocurrencias, me hago regalos y me invito a cafés carísimos solo para disfrutar del gesto.

Aprendí a estar sola desde muy pequeña. De niña ya tenía una vida interior tan intensa que podía pasarme horas dibujando, leyendo o inventándome juegos, sin echar de menos a nadie. Mis profesoras decían que era independiente; ahora lo llamamos “autonomía emocional”, pero entonces simplemente era esa niña que se entretenía sola. Con los años esa independencia se convirtió en algo casi sagrado. Podría estar días sin hablar con nadie y sentirme perfectamente acompañada por mis pensamientos, mis libros y el placer de hacer exactamente lo que me dé la gana.

Me gusta ir sola a todas partes. Hacer la compra sola es una de mis mayores aficiones: pasar veinte minutos comparando marcas de mantequilla, elegir el ramo de flores perfecto para el salón, perderme en la sección de tés como si estuviese haciendo turismo en el Louvre. Comer sola en un restaurante, con un buen libro, es un lujo que muy pocos saben apreciar. No hay que compartir entrantes ni justificar por qué quieres postre. No hay que hablar cuando no hay nada que decir. A veces, por trabajo, he tenido que viajar sola: nada me hace sentir más poderosa que desayunar sola en la terraza de un hotel, sin prisa, con la prensa del día y el sol justo donde lo quiero.

Algunas personas me dicen que no podrían hacerlo. Que les aterra estar a solas con ellos mismos. Que el silencio les incomoda. Yo lo encuentro fascinante: si no sabes estar contigo, ¿qué esperas que hagan los demás? Por suerte, toda la gente que me quiere lo entiende. No se ofenden si salgo sola a pasear. No creen que no les quiera si les cancelo un plan porque necesito pasar la tarde en pijama leyendo libros de cocina. A estas alturas, todos saben que mi independencia no es desdén, sino amor propio bien gestionado.

Lo cierto es que estar sola se ha convertido en mi frivolidad favorita: un lujo silencioso, exclusivo, barato y a la vez carísimo, porque no todo el mundo puede permitírselo. En un mundo donde todo el mundo parece desesperado por exhibirse, encontrar placer en estar sola es casi un acto revolucionario.

Si sabes disfrutar de tu propia compañía, de un paseo sin destino, de una copa de vino servida solo para ti, entonces tienes algo que ni el networking, ni las amistades estratégicas, ni las parejas perfectas pueden comprarte: la sensación de que no te hace falta nada. Y esa sensación, créeme, es la definición más elegante de libertad.