Frivolidad XX: el tiempo
No hay un lujo más grande que disponer de tiempo a tu antojo. Hay cosas que no tienen precio, y esta es una de ellas.
El tiempo es líquido, a veces gaseoso. Se condensa y pesa en los momentos difíciles, se apoya sobre tu cabeza como una nube de tormenta y, por mucho que corras, no quiere marcharse. Y se evapora en los mejores instantes, como en las vacaciones —siempre demasiado cortas— o en una buena conversación.
El tiempo no se deja moldear, excepto por los niños, que lo estiran a su antojo. Esperar se hace largo, para jugar nunca es suficiente.
Uno de los momentos en que siento más paz es cuando subo a un avión. Sin estímulos exteriores, sin obligaciones. Mi espíritu flotando literal y figuradamente. Los aviones —y algunos trenes— son santuarios del tiempo. Lugares donde no puede ocurrir nada, excepto tú mismo. Siempre que en el asiento de enfrente no vaya un belga octogenario con ganas de contarte su periplo por Europa.
Me gusta perder el tiempo. No optimizarlo, no rentabilizarlo, simplemente dejarlo ir, notar cómo se escurre mirando por una ventana, permitir que se derrame en un paisaje cualquiera.
El día tiene 24 horas para todas las personas, pero unas lo aprovechan mejor que otras. Y no hablo de productividad, sino de hedonismo. Reservamos espacios para un sinfín de tareas, y deberíamos guardar al menos un momento para lo fundamental: no hacer nada.
En los días más ajetreados, tu tiempo te grita que no le has atendido. Que es lo más tuyo y de lo que menos te ocupas. Y no te pide mucho: una conversación cara a cara, un ratito más en cama, un café en el silencio de la mañana, pararse a escuchar la lluvia.
Yo mido el tiempo de forma diferente. Lo llaman optimismo temporal. O falta de puntualidad, para los más prosaicos. Una costumbre poco honrosa pero inevitable para quienes vemos elasticidad en las franjas, encontramos huecos imposibles en los que cabe todo lo que queremos hacer antes de una cita.
Nunca he sido de las que llegan siempre cinco minutos antes, ni entiendo el por qué lo hacen. Para mí cada minuto es materia prima para gastar, estirar o perder con gusto. Y, por supuesto, achuchar antes de la hora acordada —ese ‘¿cuánto te queda?’ anticipado— es una falta de consideración. Igual que presentarse a una invitación antes de la hora acordada.
A los optimistas temporales nos asfixian las agendas muy estrictas, los calendarios llenos, los planes a muy largo plazo. Porque sabemos que el tiempo es líquido y preferimos fluir con él.
Por supuesto, esta frivolidad no llega pronto, ni tarde. Llega justo a tiempo.
