Skip to content
X

CARO DIARIO

Frivolidad XIX: septiembre

Yo siempre he sabido que soy de septiembre. Que el año empieza, de verdad, en septiembre, aunque nos hagan pasar por el paripé de enero, con sus propósitos absurdos, sus gimnasios saturados de arrepentidos y su clima que no invita a reinventarse nada, salvo en el número de capas de ropa. Enero no tiene glamour. En cambio, septiembre… septiembre es un mes con guantes de seda.

Agosto se me hace eterno, como esa cena que nunca acaba y donde ya no queda vino y nadie quiere postre salvo yo. Las tardes son un bostezo, el aire está quieto y todo el mundo sudado, tostado, aburrido de no hacer nada. Y entonces llega septiembre, y todo despierta: los escaparates cambian, los planes parecen nuevos, y uno se siente otra vez protagonista de su propia vida, como si el verano no hubiera sido más que un ensayo general. Septiembre es mágico porque aún no te ha decepcionado.

Es el mes de estrenar agenda y convencerme de que este año sí voy a apuntar todas mis citas en orden, no en hojas sueltas que después encuentro meses más tarde en el bolso equivocado. El mes de comprar bolígrafos de tinta azul marino y de revivir el cosquilleo de “la vuelta al cole”, aunque hace años que nadie me hace forrar libros con papel adhesivo. En septiembre me convierto en una niña aplicada: las papelerías me parecen parques de atracciones, y puedo pasar una hora dudando entre dos tonos de bolígrafo idénticos. Compro cuadernos nuevos solo para escribir en la primera página con letra impecable y abandonarlos después en algún cajón.

Septiembre tiene ese clima perfecto que no sabe qué hacer consigo mismo: por la mañana fresco, por la tarde calor, por la noche chaquetita. El momento del año en que los vestidos de lino coquetean con los mocasines y los jerséis finos. Un mes que huele a libros nuevos aunque no compres ninguno, y que te recuerda que las gabardinas, los tonos camel y el tweed siempre van a ser más sugerentes que cualquier bikini.

Me encanta septiembre porque invita a la mentira piadosa: “Este año haré Pilates tres veces por semana”, “Este otoño aprenderé francés”, “Voy a dejar de comprar ropa por impulso”. Mentiras suaves, reconfortantes, como el pan brioche recién cortado. Septiembre es el mes donde una se ve capaz de todo, incluso de ahorrar

Y lo mejor de septiembre es su promesa de cambio. Todo el mundo vuelve de vacaciones con un aire de renovación espiritual, con cortes de pelo atrevidos, con ideas delirantes de mudanzas o reinvenciones profesionales que morirán antes de Halloween. Septiembre nos engaña a todos, pero es un engaño elegante. Nos da un margen de dos semanas para creernos distintos. Y eso es precioso.

A mí, en septiembre, me gusta despertar como si cada mañana fuera el principio de algo extraordinario. Salgo de la cama dando un brinco esperando un nuevo yo que nunca llega, abro las ventanas de par en par aunque ya refresque, salgo a la calle con mis bailarinas viejas y esa sensación absurda de que el mundo está a punto de ofrecerme algo grande. Nunca sucede nada tan grande, pero septiembre consigue que todos los días parezcan prólogos.

Quizá por eso me gusta tanto: porque septiembre nos concede la ilusión de que todavía hay tiempo. Que lo mejor está por venir, aunque sea mentira. Septiembre es un mes que tiene el descaro de vestirse de principio cuando en realidad es solo un final bien maquillado. No inaugura nada, solo nos devuelve a lo que ya conocemos con la delicadeza de hacerlo parecer nuevo. Y tal vez esa sea la definición más exacta de la esperanza.