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CARO DIARIO

Frivolidad XVIII: las vacaciones

En verano trabajo y veraneo junto al mar, hago vida de playa como parte natural de la estación. Pero en esas semanas de agosto que los hijos (o la cadencia de la vida laboral) convierten en un ritual inamovible, las vacaciones, siempre viajo. Escapar tanto de la rutina como del lugar habitual me parece la mejor manera de rendir homenaje a todo un año de trabajo. Pero hay una diferencia decisiva entre salir de viaje y viajar de vacaciones, y la línea que las separa es tan fina como imperceptible.

Mis viajes de verano siempre duran más de diez días, no tienen listas previas de lugares para visitar y, en la medida de lo posible, tampoco prisas ni horarios. Porque para mí, las vacaciones consisten en habitar los lugares más que en recorrerlos, en vivir con la calma que la rutina después devora. Mirar el cielo, tumbarse, nadar. Deambular por una calle empedrada comiendo un cono de helado. Dormir la siesta con la brisa del mar acariciando la piel.

Pero lo más importante es, por supuesto, la compañía. Elige bien con quién compartes esos momentos de libertad porque, cuando vuelvan, habrá pasado un año. Hay un motivo por el que los años se cuentan por veranos, y por el que se dice que a algunas personas les falta uno.

Mis vacaciones transcurren junto a mi pequeño núcleo familiar. No viajo en grupo ni invito a amigos a compartir nuestros días. Como en la vida, equivocarte de compañía puede arruinar cualquier momento. Hay quienes disfrutan de la planificación, las reservas previas, las jornadas interminables de turismo. Yo, en cambio, me muevo con comodidad en la incertidumbre, la despreocupación y las voluntades inmediatas.

También importa el destino. Una de las premisas estivales es cambiar la temperatura de tu hábitat: si vives en el Mediterráneo, sueñas con Galicia; si vives en Londres, querrás ir a Mallorca.

Últimamente me he dejado seducir por los encantos del veraneo atlántico, donde el tiempo es fresco, la comida excelente y los veraneantes visten con elegancia hasta en la playa. Y especialmente en la playa.

¿Cómo hemos pasado del príncipe de Salina, vestido con traje y corbata en el tórrido agosto siciliano, a ver terrazas repletas de hombres sin camiseta o en tirantes? No es el cambio climático, sino un cambio de códigos que, por suerte, apenas ha llegado a las costas del golfo de Vizcaya. Los irreductibles del Atlántico, allá vamos.

Y con el mismo ímpetu que partimos, regresamos a casa. A nuestra temperatura, a los vecinos del verano, a los ingredientes de la despensa y al olor de nuestra almohada. Me encanta viajar, pero hay otro ritual que adoro: chocar mis chapines de rubíes para volver a casa. Porque ya lo dijo Dorita: no hay nada como el hogar.