Skip to content
X

CARO DIARIO

Frivolidad XVII: El reloj analógico

Desde que me percaté de la invasión de los Apple Watches, me he dedicado a hacer todo lo posible para disuadir a quien se cruce en mi camino de caer en la trampa de la esclavitud digital que representan. No hay nada más deprimente que mirar la hora en una pantalla pegada a tu muñeca, como si el tiempo fuese solo otra aplicación más. El reloj, en su concepción más pura, debería ser un objeto que nos permita desconectarnos, un artefacto que solo nos hable de lo esencial: el paso del tiempo. No de pasos, no de calorías quemadas, no de correos electrónicos que piden nuestra atención a gritos. Un Apple Watch no es un reloj, es un dispositivo que te controla. Y no quiero que mi relación con el tiempo dependa de un gadget que me grita lo que debo hacer cada minuto.

En cambio, un reloj analógico —un reloj con carácter, de esos con una esfera que refleja historias y momentos— es una de las últimas experiencias de lujo accesible. No es solo que sea bonito, ni que tenga un diseño que trasciende el paso de las estaciones. Es la interacción, el ritual, el sonido de las manecillas avanzando con la misma cadencia que el curso de los días. El reloj de pulsera es la joya de lo cotidiano, un acto de resistencia al frenesí de nuestros tiempos. Mientras el Apple Watch te avisa constantemente de que tienes algo que hacer, el reloj analógico te invita a disfrutar de lo que estás haciendo. No te persigue. Te acompaña. Y eso, me parece un lujo.

Lo que más me inquieta del Apple Watch, sin embargo, es cómo cambia nuestra relación con el tiempo mismo. Ya no es solo un marcador, sino un verdugo que mide cada segundo de nuestra existencia. Nos hace sentir que estamos perdiendo el tiempo, que siempre deberíamos estar haciendo algo más. La magia de un reloj analógico es que no te presiona. El tiempo pasa de todos modos, pero no te pide explicaciones. Al contrario que el Apple Watch, que exige tu atención, el reloj de pulsera te permite ser tú quien decida cuánto tiempo dedicar a cada cosa. En su silencio, te recuerda que el tiempo es algo que debemos vivir, no controlar.

No estoy diciendo que el Apple Watch sea inútil. Lo cierto es que para algunos, el control sobre cada paso, cada caloría, es una cuestión de necesidad o salud. Pero para mí, la idea de un reloj que te acecha, de ese compañero digital que te obliga a hacer un seguimiento de todo lo que haces, no tiene nada de romántico. Un reloj debe ser algo que se use para contemplar el momento, para marcar el paso de la vida sin prisas. No debería convertirse en una constante presión por ser más productivo, por estar más disponible.

Pero lo que me ha marcado, y esto es lo más triste de todo, es ver cómo mi madre, que ha sido siempre mi brújula, mi referente, y mi primera fuente de sabiduría estética y emocional, ha sucumbido. Mi madre, la mujer que durante años adoró su reloj Must 21 de Cartier, ese que tenía historia, carácter y que marcaba su estilo a través de los años. Ahora lo ha cambiado por un Apple Watch. Aún no logro comprender cómo algo tan simbólico, tan lleno de esencia, fue reemplazado por una pieza de tecnología que no solo carece de alma, sino que ni siquiera tiene la capacidad de envejecer con gracia. El día que vi el Apple Watch en su muñeca, supe que el mundo estaba cambiando de una manera que no me gustaba.

Es triste. Pero lo más triste de todo es que mi madre, que siempre fue el faro que me guiaba, me acaba de decir que el Apple Watch es “más práctico”. Y ahí fue cuando comprendí que ni siquiera la gente más fuerte y sabia tiene inmunidad a la marea imparable de la tecnología.