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CARO DIARIO

Frivolidad XVI: el deporte

Tengo un problema con la ropa y accesorios de deporte: en cuanto pruebo una disciplina, me visto como si fuera de élite. Torpe, quizá; mal equipada, nunca.

Hace años probé el paddle surf en Martinica. Al volver, compré mi primera tabla: rígida, nivel alto y tres ceros en la cuenta. La tabla cogió pocas olas —o ninguna—, pero sí mucho polvo en el trastero.

Este año han sido los patines en línea. Entretenimiento para los niños y glúteos de acero para mí, pensé. Necesitaba patines nuevos, y fueron de alta gama: ligeros como el viento, capaces de hacerme sentir como una jovencita deslizándose por la playa de Santa Mónica.

En el fondo, creo que la mejor manera de honrar un deporte es practicarlo con el mejor equipamiento posible. Solo ponerme la ropa de Born Living Yoga ya me hace sentir más flexible.

Las nuevas generaciones lo saben: el deporte es una actividad cotidiana y se practica con estilo. Ya no vale hacer gimnasia con unos rockies y una camiseta de publicidad olvidada en el armario. Ahora se hace HIIT con un conjunto ceñido en tonos pastel y una espalda digna de traje de fiesta. Porque para sudar la camiseta, no hace falta que ésta sea horrorosa.

Buscando equipamiento para mis vacaciones de montaña, confirmo la sospecha: en el senderismo, comodidad y estilo jamás van de la mano. Sandalias con velcro, zapatillas monstruosas, chaquetas con parches y bolsillos en distintas tonalidades del mismo color. Una sinfonía involuntaria de color block. Algún día me explicarán este enigma.

Yo solo quiero unas zapatillas para caminar mil leguas, visitar ciudades y campos, museos y tiendas, sin que griten turista y recuerden a cómodos señores con calcetín alto y riñonera. Algo que pueda lucir con orgullo y comodidad, con falda o con pantalón.

Gastar dinero en prendas técnicas es una debilidad que me ha granjeado no pocas críticas familiares. Pero no pienso desistir en mi empeño de encontrar piezas elegantes, atemporales, cómodas y versátiles. Como el Barbour, los náuticos, el polo o el jersey bretón de rayas marineras.

Porque, al final, todos merecemos un Gore-Tex que combine con nuestro amor propio.