Frivolidad XV: Vivir de alquiler
Vivo de alquiler. Lo digo sin vergüenza, sin rodeos y, sobre todo, sin planes de cambiarlo a corto, medio ni largo plazo. Vivo de alquiler con la misma determinación con la que otras personas se hipotecan a cuarenta años. Y no lo hago por rebeldía —no soy tan moderna—, ni por un espíritu nómada que me empuje a no echar raíces. Lo hago porque no tengo elección. Porque pertenezco a una generación para la que comprar una casa donde una quiera vivir no es solo un imposible, es una fantasía de ciencia ficción.
Nos dijeron que estudiásemos, que trabajásemos duro, que ahorrásemos (¿cómo? ¿dejando de comer fruta?). Y luego, cuando lo hicimos, nos pusieron delante el mapa inmobiliario: pisos a 500.000 euros sin ascensor, casas con orientación norte, o urbanizaciones en mitad de la nada con nombres que suenan a ginebra barata. Nos ofrecieron comprar, sí, pero a cambio de hipotecar no solo el sueldo, sino también la espontaneidad, el arte de cambiar de opinión, y casi la personalidad.
Y, por supuesto, también está el otro gran enemigo: los pisos turísticos. Una nueva forma de desalojo disfrazada de negocio brillante. Pisos que antes eran hogares, convertidos en escenografías con dispensadores de cápsulas de café y mensajes en la pared que dicen “Live, Laugh, Love”. Hay algo particularmente obsceno en ver cómo una ciudad se convierte en una maqueta para visitantes mientras sus propios habitantes huyen al extrarradio o a casa de sus padres.
Y luego están esas tres letras que me provocan escalofríos: VPO. Viviendas protegidas que, en la práctica, suelen ser fincas impersonales a las afueras, con piscina comunitaria, plaza de garaje obligatoria y acabados de un blanco hospitalario que hiere el alma. El sueño de muchos, quizá, pero no el mío.
Así que vivo de alquiler. Felizmente. Orgullosamente. Como las francesas, que llevan siglos alquilando pisos imposibles en edificios preciosos del Marais sin cuestionárselo ni un segundo. Lo hacen con total dignidad, sin ese trauma ibérico de la “propiedad”. Yo también. Prefiero pagar un alquiler cada mes (aunque duela) a renunciar a vivir como me gusta vivir: en el centro de la ciudad, en un piso con techos altísimos, suelos que crujen como si guardaran secretos de otra época, molduras que no casan bien con las paredes, y un portero automático que nunca funciona pero suena igual que en las películas de Rohmer.
Y aunque el contrato diga que esta casa no es mía, la he convertido en mi templo. Me traje, por piezas, una chimenea de mármol macizo rescatada de una casa antigua y la planté en el salón, como quien planta una bandera en territorio conquistado. Dentro, velas de todos los tamaños. En el techo del comedor pinté unos frescos que no sé si rozan lo decadente o lo glorioso. En las paredes he colgado tapices y espejos, algunos heredados, otros comprados en mercadillos de provincias donde aún se pueden encontrar tesoros por menos de lo que cuesta una suscripción a Netflix.
He hecho todo eso sabiendo que un día tendré que marcharme. Que alguien dirá: “subimos el alquiler” o “necesitamos el piso para un primo” o simplemente “adiós”. Y entonces lo embalaré todo con amor, incluso la tristeza. Pero mientras tanto, esta casa es mi casa. Aunque sea “de momento”.
A veces amigas mías me dicen que soy tonta por invertir en un piso que no es mío. Pero yo me siento lista por no haberme hipotecado para siempre en un piso que no quiero. Pago feliz por vivir aquí. Por despertarme cada día con luz entrando por ventanas enormes, por poder pasear descalza sobre baldosas antiguas, por preparar mi desayuno entre muebles que no combinan entre sí, pero sí conmigo.
Al fin y al cabo, ¿qué es eso de que lo tuyo es solo lo que te pertenece legalmente? Yo creo que lo tuyo es aquello a lo que le dedicas amor, cuidado, tiempo. Y esta casa, aunque esté a nombre de otro, es absolutamente mía.
Porque hay que ser muy rica para comprarse una casa. Pero aún más rica, o más libre, para saber vivir sin poseerla.