Frivolidad XIV: el barco
Siempre he tenido un vínculo especial con el mar. De pequeña me plantaba en la orilla e imaginaba que dominaba con mi mente la cadencia y llegada de las olas. A lo mejor lo hacía.
Mi padre era marinero. No de profesión, sino de alma: de los que pasan horas haciendo pequeños arreglos, van descalzos por el pantalán y llevan perenne el beso del salitre en el pelo. No crecí con él, pero con los años he descubierto que el legado espiritual existe, y que a veces nos hace amar lo que nuestros padres amaron.
Cuando mi padre murió, dejó un pequeño velero, el Trui. Poco más de siete metros de eslora y una configuración pensada para ser gobernado en solitario: un barco adaptado para alguien que no siempre conseguía compartir su pasión.
Si te invitan a navegar, es de cortesía ayudar a preparar el barco y, sobre todo, a recoger al llegar a puerto. Las velas listas, los cabos dispuestos, la cubierta mangueada, el depósito lleno, la bebida bien fría. Cualquier armador lo sabe: un barco te da mucho, pero exige dedicación… y más devoción y constancia que muchas relaciones estables.
Decidí traer el Trui desde Mallorca y aprender a navegarlo. Estudiamos, sacamos la titulación y descubrimos que —como casi todo en la vida— el auténtico saber no se estudia. Pero nos hicimos a la mar. Yo, tomando el sol en cubierta; mi marido, heredando sin querer el saber hacer marinero de mi padre.
Navegar (a vela) es lo más parecido a ser libre. Solo estás tú, el viento y la inmensidad. Algunas de las lecciones más valiosas de la vida vienen del mar: adaptarse al viento, capear el temporal, dejarse llevar por la corriente, navegar con calma incluso en aguas desconocidas. La vela te enseña paciencia, humildad y a agachar siempre la cabeza en una virada brusca.
Hay un lujo asociado al mundo de los barcos que poco tiene que ver con los auténticos marineros descalzos, con las manos callosas de trimar cabos y la piel curtida por el sol. Hombres y mujeres con un lenguaje propio, para quienes cazar, cobrar o largar tienen otro significado.
Al poco tiempo de heredar el Trui, empecé a trabajar en el mundo de la náutica. Nunca lo busqué y no sé si lo quería, pero surgió como una especie de serendipia kármica, un pequeño tributo a mi padre. Vuelta al mundo en solitario, Copa América, regatas transoceánicas y tentativas de récords imposibles. He regresado a dominar las olas desde la orilla.
Hace ya muchos años que vendimos el barco, confirmando el famoso dicho: los dos días más felices con un barco son cuando lo compras… y cuando lo vendes. En un ejercicio de evolución natural —llámalo Darwinismo doméstico— cambiamos los fines de semana de pantalán por los biberones, papillas y salidas al parque.
Pero de vez en cuando volvemos, porque hay otra gran verdad: mucho mejor que tener barco es tener amigos con barco.
