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CARO DIARIO

Frivolidad XLVIII: Viajar

Viajar es una de las cosas que más me gustan del mundo.

Acabo de volver de París, donde viví un año hace ya veinticinco. La ciudad ha cambiado poco; yo, mucho. El Pont des Arts ya no tiene candados, Notre Dame se recupera de sus heridas y los parisinos siguen sentándose a la orilla del Sena para capturar cualquier rayo de sol.

Siento que hay destinos que tienen una estación. París es primavera. En Navidad siempre pienso en Londres y el otoño me sugiere Estambul o Marrakech.

No me gusta viajar con un plan demasiado cerrado. Un horario estricto o un exceso de información restan encanto. Prefiero no saber dónde comeré ni qué visitaré cada día. No quiero tachar listas de imprescindibles. Me gusta dejar espacio para la sorpresa. 

Solo cuando viajo no me cuesta madrugar. Me levanto temprano, sin cansancio, con la sensación de que el día empieza antes para mí y la emoción de todo lo que puede pasar.

Deambular es una de mis aficiones favoritas. Me fascina observar a los locales, especialmente en las grandes ciudades. El andar de quien sabe que la ciudad es suya, la ligereza de los estudiantes, la elegancia de los mayores.

Me gusta mimetizarme con el destino. Desayunar pho en Vietnam, escanciar sidra en Asturias o pedir algo impronunciable en Edimburgo.

También he aprendido a chapurrear varios idiomas: decir hola y gracias en chino o en ruso, o pedirle a alguien en alemán que nos haga una foto. Porque una nunca sabe.

Hace años que intercambio casas. Comparto con entusiasmo cama, utensilios de cocina, libros y juguetes, la cuenta de Netflix y mis mejores consejos locales. Como en una aplicación de citas, existe ese momento de “match” en el que alguien elige tu casa y tú eliges la suya. Así muchos viajes no se planifican: se reciben.

Prefiero las casas auténticas, aunque no estén bien decoradas. Las que en lugar de muebles anodinos hechos en serie tienen un sofá rojo, un gran cuadro incomprensible o una guitarra en la pared. 

No quiero que los centros de las ciudades se parezcan entre sí. Echo de menos la época en que comprar mantequilla en Andorra, pastas en Inglaterra o sal de Guérande en Francia era especial. Eran pequeños tesoros take-away que alargaban el viaje unos días más. Encontrarlos en cualquier parte hace que pierdan toda la magia.  

En mi familia hemos desarrollado una excepcional habilidad con el equipaje. Cada vez llevamos menos y, aún así, siempre nos sobra alguna prenda. Porque, en realidad, lo único que necesitas realmente para viajar es el carné de identidad.

En Marrakech olvidé el cepillo del pelo y acabé comprando un peine de plástico para gatos. Cada vez que lo veo sonrío.

Dejar la ciudad de madrugada es como salir a hurtadillas, para que no note tu ausencia. Hay veces que es mejor así. Duele menos irse cuando la ciudad todavía duerme. Y así me he despedido esta vez de París, a la francesa.