Frivolidad XLIX: Las flores
En mi casa siempre, absolutamente siempre, hay flores frescas. No es un tema decorativo, es estructural: no concibo mi casa sin flores. Como no concibo un día sin café o una cama sin sábanas limpias. Las flores están ahí no para adornar, sino para acompañar.
Cada semana paso por la floristería (a veces con una idea clara, a veces dejándome llevar por lo que haya llegado esa mañana) y salgo de allí con un ramo que distribuyo según mi estado de ánimo. Tengo diversos jarrones de distintos tamaños, jarras de plata heredadas o encontradas en algún mercadillo, pequeños violeteros vintage repartidos por toda la casa. Hay flores en el salón, en la cocina, en la mesilla de noche y (sí, también) en el baño. ¿Quién puede vivir sin flores?
Y aquí necesito hacer una pequeña pausa para decir algo que considero un asunto de principios: no soporto las flores de plástico. Me parecen insultantemente deprimentes. Un simulacro de belleza sin aroma ni vida, un intento de engañar a los sentidos que, en lugar de alegrar una estancia, la vuelve fantasmal. Entiendo las limitaciones, el ritmo, las prisas. Pero, ¿de verdad? ¿Plástico?.
La semana pasada estuve en un hotel en Londres, y cuando vi que cada día en el desayuno había flores frescas en todas las mesas supe que volvería. Por si no lo sabíais, también parece ser muy común que la gente ponga flores de plástico en el cementerio. Ya adelanto que si me hiciesen eso a mi, sacaría un brazo de la tumba para darle un capón al que venga a dejarme flores de plástico.
Por suerte, tengo mis fuentes. La madre de mi novio tiene una floristería, aunque me pilla algo lejos. Aun así, voy a menudo. Entro en la cámara refrigerada, elijo una a una mis flores igual que si seleccionara joyas, y vuelvo a casa cargada, feliz, como quien ha cazado algo muy valioso.
En casa, es él quien se encarga de cambiar el agua de los jarrones. También cuida las plantas con dedicación silenciosa y paciente. Leí en alguna parte que alguien que sabe cuidar las plantas es alguien que sabe amar, y estoy de acuerdo. Es una de esas pequeñas cosas que hacen que me siga enamorando cada día. Como una flor que se abre sin que nadie mire.
No busco grandes arreglos. Me gusta el desorden aparente de las flores recién puestas, como si acabasen de llegar del campo (aunque hayan cruzado medio continente envueltas en celofán). Me gustan los colores suaves, las combinaciones improbables, el gesto mínimo de cambiar el agua cada dos días. ¿Sabes que cuando las flores están algo marchitadas puedes ponerles aspirina en el agua y vuelven a estar perfectas? Les pasa porque a veces las flores tienen jaqueca. Creo que las de casa de mi madre toman trankimazin.
Algunas personas, al entrar en casa, me dicen que huele a rosas. Lo dicen como si fuese un exceso. Para mí, es el mayor de los cumplidos.
Hay quien ve en esto una frivolidad. Un gasto innecesario. Algo que muere demasiado rápido. Pero yo no estoy de acuerdo. Las flores no son para durar. Son para estar. Para vivir mientras estén. Me recuerdan que la belleza no tiene que justificar su existencia, y que las cosas más importantes no suelen ser prácticas. Son un lujo que, si uno se organiza un poco, está al alcance de casi todos. Pero claro, hay que tener ganas de mirarlas.
A veces pienso que si tuviera que elegir un símbolo de mi manera de estar en el mundo, sería un ramo de flores frescas. Frágil. Repetitivo. Lleno de sentido.