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CARO DIARIO

Frivolidad XLVII: Cambiar de opinión

Siempre he sido una persona bastante segura de lo que piensa. No de esas que dudan demasiado antes de opinar. Más bien al contrario: cuando digo algo, lo digo con convicción, como si lo hubiera decidido en una pequeña reunión interior donde todas mis neuronas votan a favor. Cambiar de opinión, durante mucho tiempo, me parecía algo así como una falta de carácter. Una especie de debilidad intelectual. Como si rectificar fuera una manera de admitir que antes habías estado equivocada. Pero una se hace mayor.

Y con los años he empezado a mirar el cambio de opinión con una simpatía inesperada. Hasta con admiración. Cambiar de opinión, bien hecho, me parece cada vez más una señal de inteligencia. Incluso de sabiduría. No ese bandazo desesperado del que se sube al último carro, sino el gesto elegante de quien mira la realidad otra vez y decide mover ligeramente las piezas.

Además, la vida está llena de ejemplos. Tengo amigos que han pasado de un extremo político al contrario con la naturalidad con la que otros cambian de vaqueros. Personas que juraban que jamás abandonarían su profesión y que, de pronto, se reinventan y aparecen dedicándose a algo completamente distinto. Gente que se fue a vivir a un chalet después de una década proclamando las virtudes de la gran ciudad, o amigos que se declaraban enemigos absolutos de tener hijos y ahora hablan de guarderías y leches de fórmula con documentación especializada.

Al principio me desconcertaba. Ahora lo encuentro fascinante.

Quizá porque cambiar de opinión es aceptar que el mundo se mueve y que una, si quiere, puede moverse un poco con él.

A mí misma me pasa constantemente, aunque a veces en cosas más pequeñas. Una vez cada tres meses pienso seriamente en dejarme el pelo largo. Me imagino con una melena estupenda, moviéndose con garbo mientras camino por la calle. Incluso empiezo a mirar fotos de cortes de pelo, a estudiar cómo sería la transición. Pero enseguida cambio de opinión y vuelvo a mi corte de siempre, con el que llevo más de diez años y que, sospecho, llevaré probablemente diez más. No es exactamente una revolución capilar, pero al menos el impulso existe.

Con las ideas ocurre algo parecido. Puedo pasar una tarde pensando como una multimillonaria, muy a favor de la libertad económica, la iniciativa privada y el talento individual, y bastan cinco minutos mirando mi cuenta corriente para empezar a reflexionar con el fervor de una comunista convencida de la URSS.

Donde dije digo, digo Diego.

Y, sorprendentemente, cada vez me parece una frivolidad más encantadora. Porque cambiar de opinión no siempre significa haber estado equivocada antes. A veces significa simplemente que una ha mirado el mundo otra vez, desde otro ángulo, con un poco más de experiencia.

Al fin y al cabo, mantenerse siempre en la misma opinión quizá sea coherente, pero cambiarla a tiempo tiene algo mucho más interesante, porque demuestra que, por lo menos, una sigue pensando.

En la foto, Jackie en su época con Onassis demostrando que cambiar de opinión es, en el fondo, un arte: algo así como pasar de Camelot al yate de Aristóteles sin perder el porte, exactamente como hizo ella.