Frivolidad XLVI. La juventud
Me he dado cuenta de que cuando alcanzas cierta edad, esa edad te alcanza. Mi peluquera me previno de que el declive empieza a los 42. Curiosamente no a los 40. La vida te concede dos o tres años de margen antes de que el paso del tiempo deje su sello en la cara y el cabello.
Hace un año me oscurecí el pelo para recuperar naturalidad y reducir horas de peluquería. Y así, sin más, han aparecido las canas. Puede que el rubio nórdico de antes las ocultara, pero prefiero pensar que no estaban. Por eso las rubias envejecen más tarde. Las mechas platino aportan luz, ligereza y, también, juventud.
Llega un momento en que la edad no te acaricia, te golpea. Las arrugas son sibilinas. Líneas de expresión, las llaman. A lo mejor a los 42 ya te has expresado mucho y toca asentir con la cabeza y mover el menor número posible de músculos de la cara.
Cuando veo chicas de veinte años ya no me fijo en la ropa ni en las tendencias. Me fijo en la piel, en el pelo y, sobre todo, en la firmeza. Ya no envidio la delgadez, envidio la tersura. Cumplir años es una negociación constante con la gravedad, y es muy difícil levantar lo que ha caído. Las gafas de presbicia son un camino solo de ida.
Veo las caras de mis hijos: firmes, brillantes, sin manchas ni imperfecciones. Ahora comprendo a las abuelas que se empeñan en pellizcar mejillas. Es como robar con los dedos un poco de esa tersura que ya se fue.
Lo mejor (o lo peor) es que yo sigo sintiéndome treintañera. Algunos días incluso veinteañera. Me interesan los mismos temas, me gustan las mismas series, y me hacen gracia las mismas tonterías, a veces incluso las mismas que a mis hijos. Por tanto, me siento en el derecho de hacer como mi cuñada Marta y olvidar mi edad.
Si pudiera volver atrás sabiendo lo que ahora sé, me diría varias cosas: que las camisas de mi padre con botas Dr. Martens de bola no es lo que mejor me sienta. Que la confianza en uno mismo es mucho más atractiva que la belleza. Que el exceso de sol pasa factura. Y que no pasa nada por repetir look siempre que te sientas tú misma.
Una buena amiga puso hace poco sobre la mesa una cuestión existencial heredada de su madre: cuando te haces mayor, tienes que elegir entre ajamonarte o amojamarte. Por mi parte, elijo lo segundo, aunque creo que es un reto que implica un sacrificio hercúleo y una considerable inversión estética. Ajamonarse es menos ambicioso, pero más amable con el paladar.
No tengo nada claro que la madurez me haya aportado sabiduría. Gastos adicionales, sin duda. A estas alturas solo anhelo una cosa: que mi cara refleje la edad de mi alma, y no la de mi carné de identidad. Incluso si ya no soy rubia platino.
Mi alma sigue teniendo treinta años.
Mi DNI más de cuarenta y dos.
Y el espejo, como casi todo en la vida, depende del día.
