Skip to content
X

CARO DIARIO

Frivolidad L: La segunda residencia

Tener una segunda residencia es una frivolidad. Y más aún si está a diez minutos de tu casa. Pero tengo claro que el apartamento de la playa es una de mis mejores inversiones. Está lo bastante cerca para ir a trabajar y lo suficientemente aislado para desconectar.

Tener un apartamento ya es un lujo. No hay que añadirle nada. Invita a acumular menos, a disfrutar más del aire libre. Cuando voy, no llevo maleta, ni cremas, ni maquillaje. Allí tengo lo imprescindible. 

En la decoración intento practicar un minimalismo mediterráneo que convive con decisiones cuestionables que vamos corrigiendo con dedicación y paciencia. Es lo más bonito de fundar un segundo hogar. 

La segunda residencia forma parte de mi cultura familiar. Las amigas que hice en los veranos de mi infancia, cuando mi abuela me perseguía con el sándwich de tortilla intentando que cenara entre el escondite y polis y cacos, son mi círculo más cercano. 

Ir de vacaciones está bien. Veranear es otra cosa. Pasar meses enteros en una casa que es tuya, en un lugar al que perteneces. Y, no nos engañemos, en los veranos de juventud es cuando pasan las mejores cosas. 

Podría vivir fuera de la ciudad, pero no sería lo mismo. Lo verdaderamente genial es tener un refugio junto al mar donde escapar para dejarte acariciar por la magia de un atardecer tranquilo. Y saber que mis hijos construyen allí su futuro, verano a verano, como yo construí el mío. 

Cuando estoy en el apartamento no quiero volver a la ciudad. Procuro reducir mi zona de acción a 5 kilómetros a la redonda y, si es posible, sin conducir. Soy mi yo de verano, con chanclas y sin eventos sociales. He llegado a cancelar cenas simplemente porque no quería salir de mi zona de confort estival. 

Al llegar, todo se relaja, el estrés y la prisa desaparecen. El tiempo no pasa más despacio, pero pasa mejor. Todo me da un poco más igual, si eso es posible. Porque soy feliz allí. Porque en mi apartamento siempre es verano.