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CARO DIARIO

Frivolidad XLIII: Hacer la compra

Viajo para ver museos, por supuesto. Entro en iglesias, subo a cúpulas, me emociono con un Caravaggio y finjo entender ciertas instalaciones contemporáneas. Pero el momento que verdaderamente espero es otro: el supermercado.

No lo anuncio. No lo convierto en plan oficial. Simplemente ocurre. En París, en Roma, en Londres. Siempre hay un instante en el que digo: “Voy un momento aquí al lado”, y desaparezco entre pasillos de detergentes y conservas locales buscando una verdad superior.

El supermercado es el único lugar donde una ciudad deja de posar. Ahí descubres qué yogur se agota primero. Qué tipo de pan se vende en bolsa y cuál se compra recién hecho. Si la gente desayuna con culpa o con nata. Si confía en el congelado o en el producto fresco. No hay guía gastronómica que compita con esa información.

Hacer la compra me relaja y me hace reconectar conmigo misma. No por el acto en sí, sino por lo que representa: elegir. Comparar. Decidir entre dos tipos de mantequilla como si eso tuviera consecuencias geopolíticas. Nada me gustaría más que disponer de largas horas para dedicarme exclusivamente a eso. Ir sin prisa. Sin productividad. Sin rendimiento. Comprar como una forma de meditación activa.

Mi lugar favorito para hacerlo es el Mercado Central. Voy todos los sábados, rigurosamente, con mi madre. Ella conoce a todos los tenderos y todos la conocen a ella. Sabe dónde están los mejores tomates bombón de la ciudad (mis preferidos) y no se deja engañar por el brillo superficial de una berenjena impostora. La observo negociar, preguntar, tocar, elegir. Debe ser el único sitio del mundo en el que mi madre no compra por impulso y lo hace con criterio.

Las tiendas a granel son otro nivel. Comprar a granel no es una opción logística: es una declaración moral. Decidir que quieres 63 gramos de almendras y no 100 es ejercer una autoridad diminuta pero deliciosa sobre el universo. Los tarros de cristal alineados en casa no son solo almacenamiento, son narrativa. Si les añades una etiqueta adhesiva con caligrafía exquisita, mejor que mejor. 

También me gusta entrar en supermercados que me resultan exóticos. Últimamente frecuento uno ruso donde compro cangrejo en lata (una delicia insospechada)y me paseo entre etiquetas que no entiendo del todo pero respeto mucho. Me intrigan los productos que otros consideran normales. Quiero saber qué desayuna alguien cuya abuela vivió en Vladivostok.

Y luego está el Gourmet del Corte Inglés (segunda residencia de mi amigo Nuel). Un espacio donde nada es urgente y todo es deseable. Allí venden cosas que todavía no sé que quiero, pero las quiero. Latas de conservas que parecen joyas, quesos con envoltorios preciosos, chocolates cultivados en plantaciones remotas de América del Sur. Es un lugar que transmite una idea tranquilizadora en la que pienso muy a menudo: si el mundo se desmorona, al menos habrá mostaza de Dijon en cinco versiones distintas. Y abre los domingos, lo cual lo convierte en una institución.

Hacer la compra es una de mis frivolidades más sinceras. No es ostentosa. No es ruidosa. Es cotidiana e íntima. Me gusta pensar que, mientras elijo una manzana, estoy tomando una pequeña decisión a favor de la vida. Que mientras comparo dos marcas de pasta, estoy ejerciendo una forma diminuta de libertad. Para muchos será una tontería, como casi todo lo que digo, claro. Pero para mi una cesta de la compra equilibrada y una despensa bien llena es sinónimo de éxito en la vida.

A fin de cuentas, ¿no os resulta muy sofisticado saber exactamente qué hay para cenar?