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CARO DIARIO

Frivolidad XLII: Agotamiento

Llevo meses en un estado de agotamiento constante. No hago más que otras personas, quizá incluso hago menos, pero a mí me consume una cantidad desproporcionada de energía. El año pasado me recetaron hierro y el problema desapareció durante un tiempo. Quizá sea eso. 

El mío no es un cansancio épico, sino sutil. No tiene días dramáticos. No lo llamaría burnout. Es más bien como quedarse tomando café y desear que se alargue hasta media mañana, como sentarse en una silla con los brazos extendidos para atrapar los rayos del sol. Un cansancio que no interrumpe, pero acompaña.

Una vez al mes voy a una fisioterapeuta holística a equilibrar el cuerpo, pero el dolor de cabeza constante de esta semana me dice a gritos que el equilibrio es frágil y reversible. 

Pruebo yoga en casa, siempre el mejor remedio si consigues la constancia necesaria. Suplementación: magnesio, algo de proteína en polvo y mucho café. Considero seriamente abrir el vademécum, comprar un pastillero y añadir a la ecuación omega 3, creatina o lo que esté de moda ese mes. También barajo una limpieza energética, alinear chakras o pedirle algo al universo. O a lo mejor me vuelve a faltar hierro. 

Me persiguen anuncios donde un monje budista promete liberar mis fascias. Leo libros de alimentación antiinflamatoria, por si el problema fuera una proteína mal repartida. Me doy baños de espuma, pienso en sacar el móvil del dormitorio y en instalar una luz roja. En los antiguos burdeles se debía descansar bien.

Envidio a quienes se levantan felices a las seis de la mañana, hacen deporte, organizan la casa y salen antes de las nueve con el pelo impecable y un maquillaje imperceptible, digno de un pintor renacentista. Mi hermana, por ejemplo. Yo hago lo que puedo: un desayuno tranquilo, dos minutos de noticias y después una sesión de malabares para conseguir salir de casa con todo y a tiempo. Me han dicho que el truco es madrugar un poco más. Pero madrugar más me parece ofensivo.

Creo que el café de especialidad tiene menos cafeína, aunque no he conseguido que nadie me lo confirme. El té matcha promete energía constante durante todo el día, pero por lo visto no la suficiente para mí.

Este cansancio lleva tiempo ahí. No ha llegado de golpe ni por un motivo concreto, y por eso sé que tardará en irse. Es casi imperceptible, como un ruido blanco de fondo. Como las notificaciones no silenciadas del móvil: no te impiden vivir, pero nunca te dejan del todo en paz.

La multitarea tiene gran parte de culpa, lo sé. Hacer una cosa mientras la cabeza está en tres distintas. Tengo agenda y tengo libreta, pero no tengo energía para mantener un sistema. Me han dicho que eso es propio de personas creativas. Yo empiezo a pensar que es más propio de personas cansadas.

Esta frivolidad no es una queja, sino una confesión. Yo sigo cansada, sí. Pero también sigo desayunando bien, alargando los cafés y evitando madrugar más de lo estrictamente necesario. De momento, con eso, me sostengo y en la próxima analítica, veremos qué dice el hierro.