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CARO DIARIO

Frivolidad XLIV: Fuentes de confianza


Además de buenos amigos, conviene tener fuentes de confianza. Un círculo selecto de personas que tienen la información exacta que necesitas, el consejo preciso, el estudio de mercado que te hará comprar el mejor secador de pelo o elegir el restaurante más adecuado para tu aniversario.

Soy curiosa y muy preguntona. Me fascina observar cómo una opinión dicha con suficiente convicción puede adquirir la categoría de verdad y cómo la repetición la convierte en sentencia. 

He escuchado a mi madre señalar el restaurante donde hacen “el mejor arroz del mundo” y a mi hermana asegurar que ha leído que tal película es buenísima. ¿Según quién? Porque la fuente importa, y mucho. Es sencillo detectar el perfume de lo ajeno en determinadas opiniones, y a mi me interesa lo propio, lo auténtico.  

He visto personas apropiarse impunemente de frases y opiniones de otras, palabra con palabra. Como un guión invisible que me hace sospechar que hay una fuente original, y tengo que llegar hasta ella. 

En mi red de confianza encuentro respuestas para casi todo: moda y tendencias, series de ciencia ficción, nutrición, arte contemporáneo, geopolítica internacional y, si hace falta, teorías de la conspiración. Solo hay que conocer bien la propia agenda de contactos.

No todas las fuentes sirven para cualquier cuestión. Hay personas a las que consulto sobre restaurantes pero jamás sobre moda. Otras son brillantes en geopolítica y peligrosísimas eligiendo textiles para decoración. Saber a quién preguntar es un arte. Y yo lo he masterizado.

Por otra parte, no puedo evitar decir lo que pienso, aunque no me lo hayan preguntado. Me propongo no opinar sin que me lo pidan, pero se escapa sibilinamente entre mis cuerdas vocales y, de una manera menos sutil de lo que creo, ahí dejo mi parecer. Y aunque espero recibir respuesta, no siempre llega. Me gusta que la conversación fluya después, creo en la enorme riqueza de la discrepancia, tan poco valorada hoy en día. Me gusta tener razón. Pero me gusta aún más cuando descubro que estaba equivocada.

Admiro a quienes tienen sentido común y siempre las palabras justas. De alguna manera me hacen sentir a salvo. Confirman mis buenas decisiones y no juzgan las malas. 

También me escucho a mí misma, pero con más cautela, porque a menudo el aplomo gana al sentimiento, y viceversa. 

La inteligencia artificial puede resolver problemas de forma amable, analizar datos y darme deliciosas recetas. Pero no discrepa. Y es incapaz de decirme si en mi apartamento de la playa hace sol un sábado de febrero. Mi amiga María sí puede. Y además sabe qué sérum funciona y cuál es puro marketing.

A veces una no necesita un algoritmo para moverse por el mundo, sino buenas recomendaciones. 

En un mundo saturado de opiniones, el verdadero lujo es saber a quién escuchar. Hay que cuidar a quien te da buenos consejos y conservar esa red de confianza que es oro puro.

Dicen que todos estamos a seis personas de Kevin Bacon. Yo estoy convencida de que estoy a muchas menos. De hecho, estoy a tres de Bad Bunny. Cualquier día le escribo para preguntarle si hace sol en Puerto Rico.