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CARO DIARIO

Frivolidad XLI: Dormir

Linda Evangelista dijo una vez que no se levantaba de la cama por menos de diez mil dólares al día. Diez mil. Yo me levanto gratis. Y temprano. Demasiado temprano. De todas mis frivolidades (que no son pocas), dormir es la única que no tengo. Y, paradójicamente, la que más deseo.

No soy envidiosa. O eso me gusta creer. Pero envidio a la gente que puede quedarse en la cama hasta bien tarde. A las personas que se despiertan despacio, que estiran un brazo, miran el móvil con desgana, se dan la vuelta y vuelven a dormirse como si no tuvieran una cita urgente con la existencia.

Envidio sus caras descansadas. Sus pieles sin nutridas. Ese tipo de belleza blanda, mullida, que solo concede el sueño largo.

Yo, en cambio, me despierto sin alarma a las seis de la mañana. Naturalmente. Como una señora de campo del siglo XIX. Si estoy especialmente agotada, he logrado alguna vez dormir hasta las siete. Lo recuerdo como otros recuerdan eclipses.

A las nueve de la mañana, cuando llego a la oficina, ya llevo tres horas despierta. He desayunado como una reina, he hecho deporte, he respondido correos, he tomado todos mis suplementos y he tenido al menos dos pequeñas crisis existenciales. Soy extremadamente productiva. Y muy poco frívola en este aspecto.

Lo irónico es que cumplo todos los requisitos para ser una mujer que duerme hasta tarde: me encantan los camisones, adoro las sábanas buenas, tengo bandeja con patas para desayunar en la cama, velas en la mesilla, cortinas que filtran la luz con melancolía. Pero mi organismo, traidor, insiste en tratarme como si tuviera ganado que ordeñar.

Dormir hasta tarde es mucho más chic que madrugar. Madrugar es eficiente. Dormir es aristocrático. Una mujer que se levanta tarde parece automáticamente más interesante. Como si tuviera una vida nocturna misteriosa, aunque lo único que haga sea ver una serie repetida y comer bombones.

Me gusta fantasear con una versión alternativa de mí misma. Una yo que se despierta a las diez y media, se queda media hora mirando al techo, va a hacerse un café con cara de aburrimiento estructural y dice cosas como: “Hoy no tengo energía para el mundo”.

Pero la verdad es esta: soy una madrugadora crónica con alma de dormilona frustrada. Una chica que idolatra el dormir como se idolatran los mitos: desde lejos, con respeto y un poco de resentimiento. Quizá dormir no sea mi frivolidad. Quizá mi frivolidad sea desearlo tanto. Porque al final, como en casi todo, no se trata de lo que haces, sino de lo que anhelas con intensidad desproporcionada.

Y yo anhelo una cosa muy concreta: despertarme un día, mirar el reloj, ver que son las once y no sentir absolutamente nada.