Frivolidad XIII: Veranear
No es lo mismo irse de vacaciones que veranear. Veranear es un verbo antiguo, casi aristocrático. Tiene cadencia de postal, olor a loción solar clásica, a armario con sábanas de rayas y revistas atrasadas. No habla de descanso: habla de ritual. De repetición. De pertenencia.
Veranean los que cada verano bajan la misma sombrilla al mismo trozo de arena, y también los que nunca pisan la playa pero insisten en tenerla a menos de quinientos metros “por si acaso”. Veranear es saber que no vas a hacer nada nuevo, y sin embargo contarlo todo como si fuera extraordinario.
Yo, por ejemplo, veraneo aunque no me bañe. Aunque odie la arena y necesite una coreografía absurda para extender la toalla sin que una brizna me roce el tobillo. Veraneo porque adoro la ducha helada al volver de la playa, ese primer chorro que parece purgar todas las emociones innecesarias del año. Porque disfruto de secarme el pelo al aire (especialmente ahora que he pagado un dineral por el dichoso GOA para tener el pelo como recién salida de la peluquería incluso en el peor día de Poniente). Porque hay algo profundamente sabio en beber un vermut mirando al mar, sola, sin prisa, como si el horizonte te debiera algo.
Veraneo porque me encanta ese saludo cómplice entre desconocidos cuando te cruzas por la pasarela de madera: no nos conocemos, pero ambos llevamos el mismo sombrero de paja desde hace tres temporadas. Sabemos que esto es un acto común, pero sagrado. Durante unas semanas al año, compartimos un mismo código secreto: el de los veraneantes. No nos conocemos, pero nos reconocemos.
Hay algo deliciosamente inútil —y por eso mismo esencial— en veranear. No importa si el día anterior no dormiste bien, si tienes arena hasta en los párpados, si hace viento. Sigues bajando a la playa porque es parte del guion. No porque quieras nadar, sino porque quieres estar allí. Ver y dejarte ver. Leer una novela con las gafas de sol puestas. Comer cerezas frescas con el descaro de quien se ha olvidado del reloj. Ver a los niños jugar en la orilla como si fuesen figuras de un cuadro de Sorolla: estéticamente impecables, incluso los que gritan. (En invierno me irritan, en la playa me parecen atrezzo.)
Veraneo también por los helados. Los de verdad. El sándwich de nata, el Maxibon, el Calipo. Clásicos que resisten la inflación, las modas y las nuevas intolerancias alimentarias. Y por los libros, claro. Hay títulos que solo pueden leerse con sal en la piel. El talento de Mr. Ripley, Los cuerpos de verano, Bonjour Tristesse, La edad de la inocencia… Libros de deseo contenido, de piscinas privadas y trajes blancos de lino. Libros en los que la belleza siempre está a punto de arruinarlo todo.
Veranear no es irse. Es quedarse en un lugar del que nadie espera productividad. Un lugar donde la ociosidad está permitida y, por tanto, se convierte en arte. Donde cualquier pensamiento es válido si se tiene mientras te pesan las pestañas, cargadas de gotas de agua cristalina que encierran todos los misterios de un alma nacida (como diría Serrat) en el Mediterráneo.
Porque al final, veranear es lo más parecido a haberlo entendido todo.