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CARO DIARIO

Frivolidad XII: La muerte


Cuando se murió mi padrastro, mi prima me regaló dos discos. En ese momento no lo entendí, pero 25 años después, Chet Baker y Belle and Sebastian me siguen acompañando, recordándome ese momento vital en el que, por primera vez, me adentraba en el dolor, las responsabilidades familiares y las decisiones de adulto.

Es curioso cómo la muerte nos revela lo más esencial de la vida. Al ritmo de Dirty Dream Number Two, o la pista 9 de aquel CD, decidí no escoger el camino profesional que me estaban señalando. No quería despertarme un día con cuarenta años y preguntarme qué he hecho con mi vida. Ahora que ya he superado esa cifra, sé que no me equivoqué.

La muerte te une y te revela manías, supersticiones y frivolidades, tanto del que se va como de quienes se quedan. Desde el “a mí que no me entierren, a ver si me despierto” hasta quien desayuna cada día conversando con la urna de cenizas de su hermano. “Perdonen que no me levante”, dijo Groucho Marx.

Una vez me contaron de alguien con poca familia que, en sus últimas voluntades, señaló la iglesia donde quería su entierro, añadiendo: “a las ocho me viene bien”.

Una de mis mejores amigas ahora niega haber dicho, en una conversación adolescente de nuestra época hooligan, que quería que esparcieran sus cenizas por el estadio del Valencia. Por algún motivo, de niños hablamos sin pudor de muchos temas que evitamos de mayores.

Uno de los momentos más terribles —y a la vez más cómicos— es cuando la empleada de cara tristísima lee, con tono de fotocopiadora, poemas de San Agustín. Y se te ocurre que ese recitar anónimo será lo último que escuche el alma de tu familiar.

O cuando la funeraria te enseña el catálogo para elegir cómo quieres que tu ser querido haga su último viaje. ¿Optarás por algo sencillo y económico, o lo envolverás en terciopelos y madera de roble como a los mejores vinos?

Hace poco perdimos a un familiar cercano, y recordé —mientras comentaban la disposición del nicho familiar como quien reparte las literas en un campamento de verano— que incluso en los momentos más tristes y solemnes hay sitio para la comicidad. Porque la muerte y el humor van de la mano. Eros y Tánatos, sonrisas y lágrimas.

Deseando que elijáis la mejor banda sonora para vuestro último adiós, os recuerdo que My way ya se la ha pillado mi madre.