Frivolidad XI: Las vajillas
Colecciono vajillas. No tengo espacio para almacenarlas, pero eso nunca ha sido un verdadero impedimento para mí. Hay platos, copas y jarras escondidos en cada rincón de mi casa como si fueran pequeños tesoros repartidos por una excavación arqueológica. Mi novio vive en estado de alerta: ha encontrado un salerito modernista en la caja de herramientas, un juego de tacitas de té escondido entre las bufandas de invierno, y unos preciosos platos Terre de Fer —con sus delicadas flores desvaídas— dentro del congelador. “Por seguridad”, le dije. No sé de qué, pero me pareció convincente en su momento.
No es una afición, es una necesidad estética. Comer es un acto de amor. De cuidado. De puesta en escena. No puedo entender a la gente que desayuna a diario en un triste plato blanco de Ikea, con la cuchara golpeando la loza sin alma como si aquello no tuviera importancia. Yo no me siento igual si tomo mi tostada en un plato de Limoges, ni sabe igual el café si lo bebo en una taza de porcelana fina, con su platito a juego y una servilleta doblada con esmero al lado. No es lo mismo. Porque no debería ser lo mismo.
Me gustan los platos con historia, con marcas en el reverso que aluden a fábricas ya inexistentes, con bordes dorados algo gastados por los años. Me gustan los diseños absurdos, las vajillas incompletas, las jarras con formas que desafían toda lógica práctica. He llegado a comprar una fuente solo porque me pareció melancólica. Y una copa de cristal tallado por separado, porque sentí que estaba sola y necesitaba una casa.
Sé que la colección es una excentricidad. Que se me ha ido de las manos. Que a veces no tengo dónde guardar las verduras porque el armario de la despensa está lleno de platos. Pero tampoco tengo intención de parar. Para mí, poner la mesa con mimo, aunque sea solo para cenar una tortilla, es una forma de reafirmar que la vida —incluso la más rutinaria— merece un marco bello. Aunque sea un bodegón doméstico y anónimo.
A veces pienso que, si un día desapareciera sin más, bastaría con seguir el rastro porcelánico para reconstruir mi biografía. Podrían empezar por el aparador del salón, seguir por la gran sombrerera que en realidad guarda fuentes Art Deco, luego continuar por el canapé de la cama, que alberga más porcelana que sábanas bajeras y terminar con el mueble USM de la entrada donde hay platos hondos de un servicio de Vista Alegre con motivos de caza que me mira cada mañana como preguntando: ¿hoy no toca sopa?
Mi madre no se escandaliza. Hace exactamente lo mismo, pero con latas de conservas gourmet. Su despensa está a prueba de ataque nuclear: navajas de Burela, espárragos de Tudela, chipirones en su tinta de Los Peperetes. Cuando hubo aquel apagón, hace unos meses, almorzamos guisantes lágrima con perdiz en escabeche a la luz de velas Trudon. Un menú degustación delicioso para el apocalipsis.
Me gustaría creer que cuando mis amigas vienen a casa y ven la mesa vestida con vajillas distintas, copas que no combinan y jarras que parecen sacadas de un palazzo ruinoso, entienden que ese gesto no es decoración. Es declaración. De amor por la casa. De respeto por el momento. De alegría por lo minúsculo.
Y si para eso tengo que guardar platos en el zapatero, que así sea.