Frivolidad LXXI: Las explicaciones
Siempre he sido de explicarme en exceso. En lugar de responder, contextualizo. Aporto los antecedentes, los hechos colaterales y toda la serie de razones que me han llevado a tomar una decisión.
Mi madre es capaz de contarle al verdulero del mercado que compra más tomates porque su hija ha vuelto de viaje y viene a comer, pero que, como a ninguna de sus hijas le entusiasma el arroz que va a cocinar para los demás, ha decidido hacer una ensalada de tomate raff con ventresca. Es absolutamente innecesario, pero establece un vínculo de intimidad que quizá haga que el tendero elija los mejores ejemplares para esas hijas tan exquisitas.
Yo hago lo mismo. Tiendo a desplegar todo el argumentario, con un repertorio de circunstancias atenuantes que me absolverán de la culpa de haber llegado cinco minutos tarde, de rechazar un plan o anular una cita con poca antelación. Un dossier completo de datos y pruebas que crece en proporción al agravio.
Este año di positivo en un control aleatorio de glicerina en el aeropuerto. En lugar de esperar instrucciones, le expliqué al agente de la Guardia Civil mi rutina de belleza para averiguar juntos cuál de mis cremas me estaba convirtiendo en una potencial terrorista: vitamina C y una crema de Nuxe en la cara; en el cuerpo, ese día, nada. Además llevaba una bolsa con tabaco y nueve mecheros. Ahora no voy a dar explicaciones, pero ocho no funcionaban.
Lo más irónico es que me dedico a la comunicación. Conozco la filosofía de “never complain, never explain” asociada a la familia real británica y sé redactar un comunicado de tres líneas que no dice nada. Pero luego cancelo un café y mando un audio de dos minutos.
Admiro a las personas capaces de rechazar un plan sin decir por qué. Yo lo máximo que he logrado es un “lo tengo complicado” o “tengo una cosa a esa hora”, para no desvelar que esa cosa a veces es simplemente hacer deporte o quedarme en casa.
Un simple “no puedo” es más elegante y aporta un extra de misterio. Imaginas a la otra persona terriblemente ocupada, en una reunión importantísima o quizá sumergida en un baño de espuma, riéndose del exquisito arte con que se ha librado de un compromiso. Estoy convencida de que la mayoría de las veces se trata de esto último.
Cuando rechazo algo en una tienda, a veces añado un «ya me pasaré», que equivale por sí solo a una lista de argumentos. Cuando me escuchan mis hijos me preguntan si de verdad me pasaré. Aún no conocen las reglas de este juego.
Yo estoy intentando aportar menos datos y que el silencio que sigue, cuando no ofrezco mi pequeño argumentario, no me resulte incómodo. Pero confieso que me gusta lo que sucede cuando no lo consigo: la otra persona asiente y comprende que, efectivamente, me ha sido imposible llegar antes, aceptar el proyecto o encargarme del regalo común. Quizá, como mi madre, solo busco que me guarden los mejores tomates.
Quiero aprender a dar menos explicaciones, pero de momento he escrito un artículo entero sobre ello.
