Frivolidad LXX: Las rutinas
La gente habla de la rutina como si fuera una enfermedad.
Tengo conocidos que dicen «He caído en la rutina», y parece que les hayan detectado una dolencia degenerativa. Yo, en cambio, llevo años intentando caer en ella y, una vez dentro, agradecería muchísimo que nadie viniera a rescatarme.
Soy un alma vieja. Y ligeramente obsesivo-compulsiva, aunque esta última parte la estoy trabajando con mi psicóloga.
De hecho, hace poco me sugirió que podíamos empezar a espaciar las sesiones.
Le dije que de eso nada, monada. Llevaba meses viéndola una vez al mes. Ya habíamos creado una rutina.
A mí la rutina me da paz. Me gusta saber qué va a ocurrir. No necesito que cada martes sea una aventura. De hecho, preferiría que los martes no ocurriera absolutamente nada que no estuviese previamente contemplado en mi agenda.
De lunes a jueves como limpio, sano y de una manera bastante previsible. Me hace feliz. Por eso, si alguien propone espontáneamente salir a cenar un martes, no pienso «qué divertido».
Pienso: ¿por qué?
¿Qué necesidad hay?
El viernes estaré encantada de salir a cenar. El viernes me pondré unos Manolos, pediré vino, compartiré postre y probablemente termine tomando un cóctel. Pero el martes quiero cenar a las ocho aquello que había previsto cenar a las ocho.
La misma cena el viernes me entusiasma y el martes puede amargarme la vida.
No es el restaurante. Es el calendario.
También voy a Pilates todas las semanas. Y cuando digo que voy a Pilates todas las semanas no quiero decir que intento encajarlo en mi agenda. Quiero decir que organizo mi agenda alrededor de Pilates.
Si un cliente propone algo un martes por la tarde, comienza inmediatamente una compleja operación diplomática.
Justo el martes lo tengo complicadísimo…
«Complicadísimo» significa que a determinada hora tengo previsto ponerme unos calcetines antideslizantes y hacer movimientos minúsculos hasta que me tiemblen las piernas.
Evidentemente no puedo explicárselo así.
Por eso despliego todo mi repertorio: reuniones anteriores que podrían alargarse, compromisos imposibles de mover, supuestas dificultades logísticas. He negociado cambios de horario con una sofisticación que, aplicada a asuntos verdaderamente importantes, podría haberme llevado bastante lejos profesionalmente.
Pero hay prioridades.
Y el martes hay Pilates.
También tengo horarios de señora centroeuropea.
Me gusta comer a las dos. Como tarde. Y ceno a las ocho.
Y a las diez de la noche, si todo ha salido según lo previsto, estoy en la cama con el camisón y experimentando esa satisfacción incomparable de saber que ya no se espera nada más de mí.
Cuando alguien dice:
—He reservado para comer a las tres.
Mi cuerpo lo interpreta como una amenaza. ¿A las tres?
A las tres yo debería estar terminando un café. Las tres no es una hora para empezar a comer. Las tres es una hora para estar haciendo la digestión y reconsiderando si realmente necesitabas el postre.
Lo siento, pero mi rutina es ser europea y no quiero que nadie me saque de ahí.
Lo mismo ocurre por las mañanas. Dedico una hora a desayunar. Una hora entera.
No porque mi desayuno sea especialmente complejo. No estoy escalfando huevos ni elaborando mi propio pan de masa madre (aunque a veces si que escalfo huevos). Simplemente considero que empezar el día con prisa es una vulgaridad.
Desayuno, leo, tomo café y voy entrando poco a poco en contacto con la realidad.
Por eso encuentro absolutamente abominable tratar cualquier cuestión laboral antes de las nueve de la mañana.
Un WhatsApp de trabajo a las 8:17 me parece una agresión.
¿Ha quebrado la empresa?
¿Hay un incendio?
¿Ha desaparecido alguien?
Si las tres respuestas son no, podemos hablar a las nueve.
Antes de esa hora no soy una trabajadora. Soy una mujer desayunando. Y agradecería que se respetasen las fronteras internacionales.
También me corto el pelo cada veintiocho días.
No «una vez al mes».
Cada veintiocho días.
Hay una diferencia.
No sé exactamente qué catástrofe imagino que ocurriría el día veintinueve porque nunca hemos llegado tan lejos salvo cuando de vez en cuando pienso en dejarme el pelo largo. La tontería me dura aproximadamente dos semanas.
Todo esto hace que algunas personas me consideren excesivamente organizada. Otras utilizan palabras menos amables.
Yo las entiendo.
Vivimos en una época que ha convertido la espontaneidad en una virtud moral. Hay que improvisar, dejarse llevar, decir que sí, salir de la zona de confort. Parece que una vida interesante requiere despertarse cada mañana sin saber dónde cenará esa noche.
A mí eso me parece agotador.
Mi zona de confort es maravillosa. Me ha costado años decorarla.
Naturalmente, sé que no se puede controlar todo. La vida tiene la pésima educación de no consultar Google Calendar antes de alterar tus planes. La gente llega tarde. Los aviones se cancelan. Aparecen cenas inesperadas, clientes que solo pueden reunirse el martes y peluqueros que se van de vacaciones justo cuando se cumplen tus veintiocho días.
Y sí, estoy aprendiendo a tolerarlo. Muy lentamente.
Pero una cosa es trabajar la flexibilidad emocional y otra empezar a comer a las tres. Tengo límites.
Además, sospecho que mis rutinas no hacen mi vida más aburrida. Hacen exactamente lo contrario. Me permiten reservar el desorden para cuando realmente merece la pena.
El viernes puedo cenar tarde porque llevo cuatro días cenando a las ocho. Puedo viajar y olvidarme del reloj porque sé que volveré a casa. Puedo beber champagne, dormir poco y cambiar todos mis planes porque el lunes me estarán esperando mi desayuno, mis horarios y mis mancuernas de un kilo.
La rutina no es la cárcel. Es el lugar al que vuelvo después de haberme divertido.
Así que seguiré desayunando durante una hora, comiendo a las dos, cenando a las ocho, acostándome a las diez, protegiendo mi clase de Pilates como si fuera la piedra filosofal y cortándome el pelo cada veintiocho días.
Y seguiré trabajando todo esto con mi psicóloga.
Una vez al mes. Como Dios manda.