Frivolidad LXXIII: Las señoras
Antes tenía miedo de convertirme en una señora. Ahora es una de mis mayores aspiraciones.
No hablo de cumplir determinada edad, casarse, tener hijos o empezar a comprar zapatos cómodos. Hay mujeres de veinticinco años que son señoras estupendas y otras de setenta que todavía no han alcanzado semejante distinción.
Ser señora no tiene nada que ver con el estado civil ni con la fecha de nacimiento. Es una categoría espiritual. Y, en algunos casos, una forma superior de civilización. Yo, que siempre he sido un alma vieja, llevo toda la vida preparándome para ello.
Me fascinan las señoras que tienen un perfume propio. Uno solo. Que llevan usando desde hace treinta años y que todo el mundo identifica con ellas. No necesitan conocer las novedades de la perfumería nicho ni comprar una fragancia diferente para cada estación. Han encontrado su olor y han decidido que el asunto está resuelto. Me parece una seguridad en una misma extraordinaria.
También admiro a las señoras que conocen personalmente a su pescadero.
No me refiero a saber cómo se llama. Me refiero a tener una relación de auténtica confianza. A entrar en el mercado y que el pescadero levante la vista, sonría y saque de debajo del mostrador una merluza que llevaba toda la mañana reservándote.
—Esto se lo he guardado a usted.
No se me ocurre una declaración de amor más bonita.
A cierta edad, tener un buen pescadero me parece bastante más importante que tener muchos seguidores en Instagram. Los seguidores no te avisan cuando llegan las mejores gambas.
Las señoras tienen sus sitios. Su carnicería, su farmacia, su mercería, su floristería. No necesitan consultar reseñas porque llevan décadas elaborando su propio ranking de establecimientos. Saben dónde venden las mejores aceitunas, quién arregla una cremallera y en qué tienda todavía envuelven los regalos con papel de verdad.
Y, sobre todo, son fieles.
A su peluquero, a su crema hidratante, a su marca de medias y a ese restaurante donde las reciben por su nombre. Mientras el resto del mundo persigue novedades, ellas han alcanzado la tranquilidad de saber exactamente lo que les gusta.
Una señora no necesita reinventarse cada temporada. Tiene cosas mucho más interesantes que hacer.
Por ejemplo, llevar una rebequita en el bolso.
Esto me parece fundamental. Las señoras saben que, aunque fuera haya treinta grados, en algún momento alguien pondrá el aire acondicionado a una temperatura completamente irresponsable. Y entonces aparecerá la rebequita, discretamente doblada, como una pequeña victoria sobre la imprevisión ajena.
También llevan pañuelos de papel, caramelos, una barra de labios y, en los casos más admirables, una bolsa plegable por si surge la necesidad de comprar algo.
Yo aspiro a ese nivel de preparación.
Las señoras tienen una relación maravillosa con la ropa. No se disfrazan de jóvenes ni necesitan demostrar que siguen las tendencias. Conocen su cuerpo, sus colores y sus debilidades. Tienen un abrigo estupendo que compraron hace veinte años y siguen llevando como si lo hubiesen estrenado ayer.
Y repiten.
Repiten vestidos, zapatos, bolsos y joyas sin la menor intención de disculparse.
Una señora verdaderamente elegante puede llevar el mismo collar de perlas durante cuarenta años y conseguir que parezca nuevo cada vez. Mientras tanto, las demás siguen comprando pendientes que dentro de seis meses les darán vergüenza.
También me gusta cómo reciben en casa.
Las señoras sacan la vajilla buena. No están esperando una ocasión especial porque han comprendido que llegar vivo al jueves ya merece una celebración discreta. Ponen servilletas de tela, sirven el agua en una jarra bonita y jamás dejan una botella de plástico sobre la mesa.
Saben colocar a los invitados, evitar conversaciones peligrosas y detectar cuándo alguien necesita otra copa sin obligarlo a pedirla.
Y cuando llega el momento de despedirse, acompañan hasta la puerta. Una costumbre que me parece preciosa y que empieza a estar en peligro de extinción.
Pero lo que más admiro de las señoras es su relación con la opinión ajena.
A una buena señora le importa un pito lo que piensen de ella.
Ha vivido lo suficiente para saber que intentar gustar a todo el mundo es una ocupación agotadora y, además, muy mal remunerada.
Si no quiere ir a una cena, no va.
Si no le gusta un vestido, lo dice.
Si encuentra que la música está demasiado alta, pide que la bajen.
Y si alguien pretende convencerla de que debería empezar a practicar un deporte de moda, responde que ya camina todos los días y que con eso tiene más que suficiente.
Admiro esa autoridad tranquila. Esa manera de decir «no, gracias» sin añadir una explicación de cuatro párrafos.
Las señoras tampoco tienen miedo de estar solas. Van al cine, comen en restaurantes, viajan y se sientan a leer el periódico en una terraza sin sentir la necesidad de demostrar que están haciendo algo extraordinario.
Tienen amigas de toda la vida con las que se reúnen para comer. Se cuentan las mismas historias, critican a las mismas personas y preguntan por los hijos de gente a la que ninguna de ellas ve desde 1998.
Y se ríen muchísimo.
Porque las señoras, al menos las que a mí me interesan, tienen un sentido del humor formidable.
No hablo de esas mujeres amargadas que se pasan la vida vigilando las costumbres ajenas. Esas no son señoras. Son inspectoras de Hacienda sin oposición.
Hablo de mujeres que han aprendido a tomarse pocas cosas demasiado en serio. Que conocen los grandes dramas de la vida y, precisamente por eso, saben apreciar la importancia de una buena sobremesa, un collar bonito o una copa de vino a las siete de la tarde.
A veces observo a alguna de estas señoras en un restaurante. Lleva el pelo perfectamente peinado, unos pendientes que probablemente heredó de su madre y un bolso que ha visto pasar tres crisis económicas. Pide sin mirar la carta porque sabe perfectamente lo que quiere. El camarero la saluda con cariño. Ella pregunta por su familia.
Y yo pienso: quiero ser esa mujer.
No una mujer más joven, más delgada, más moderna o más interesante. Esa.
La que conoce al pescadero, lleva siempre su perfume, tiene un sitio favorito para desayunar y no necesita consultar el móvil para saber si se lo está pasando bien.
He empezado a ensayar algunas costumbres. Me acuesto pronto, tengo horarios bastante estrictos, adoro los mercados, repito ropa sin ningún remordimiento y cada vez me interesa menos hacer cosas que no me apetecen.
Todavía me falta mucho.
Me falta encontrar un perfume al que serle fiel hasta la muerte, conseguir que alguien me reserve las mejores gambas y aprender a rechazar invitaciones sin inventarme una enfermedad. Pero estoy progresando.
Lo curioso es que durante la juventud nos pasamos años intentando convertirnos en mujeres interesantes, sofisticadas, independientes y seguras de nosotras mismas. Compramos libros, vamos a terapia, viajamos, aprendemos idiomas y gastamos fortunas en cremas que prometen detener el paso del tiempo.
Y un buen día descubres que la mujer que querías ser llevaba toda la vida sentada en la mesa de al lado, tomando un café con leche, leyendo el periódico y pidiendo que le pusieran la leche muy caliente.
Yo ya no tengo miedo de hacerme mayor. Tengo miedo de llegar a vieja sin haber conseguido que el pescadero me guarde la mejor merluza.
Porque cumplir años lo consigue cualquiera.
Pero llegar a señora hay que merecérselo.