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CARO DIARIO

Frivolidad LXIX: Volver a leer

Una de las cosas que más me ha gustado de este verano es que he vuelto a enamorarme de la lectura. Ha sido un idilio lento al principio y desmesurado conforme avanzaban las páginas y conseguí unas gafas de presbicia adecuadas.

Cuando era pequeña y, sobre todo, de adolescente, leía mucho. Desde cómics de Astérix a libros gruesos como El señor de los anillos (lo leí tres veces) y otros muy sesudos que jamás terminaba.

Después pasé unos años sin leer apenas una línea, agotada quizá y convencida de que, por mi profesión, ya leía bastante durante el día. Aun así, cada vez que me iba de fin de semana metía un libro en el bolso, donde se quedaba intacto mirándome con pena.

Creo que el problema estaba en la elección. Durante años cometí el error bastante esnob de evitar los libros que se vendían demasiado. No tocaba nada del mostrador de más vendidos, desconfiaba de cualquier portada demasiado atractiva, desdeñaba especialmente los libros de humor y pensaba que un libro más profundo sería también más nutritivo. He acabado acumulando grandes enseñanzas abandonadas en el primer capítulo.

También he pasado una época mística con libros sobre regresiones a vidas pasadas, el camino hacia la felicidad o las Meditaciones de Marco Aurelio. Pero el ritmo de páginas por día no pasaba de una o dos.

Resulta que lo bueno de leer era simplemente leer. Sin aprender nada, sin mejorar como persona y sin tener que subrayar una frase reveladora cada tres páginas.

Mi renovada afición empezó con un libro prestado por una amiga, corto y sencillo, que tardé más de dos meses en leer. Pero recordé con él la placentera sensación de estar sola ante las páginas, juzgar decisiones absurdas de personajes, pensar en ellos mientras hago otra cosa y tener opiniones completamente innecesarias sobre personas que no existen.

Después mi hermana me regaló el primer ejemplar de una saga que me ha conquistado y he devorado los cuatro libros en prácticamente el mismo tiempo que tardé en terminar aquel primero.

Ya me he descubierto preguntando a otros qué están leyendo, que debe de ser una de las primeras señales de que una vuelve a considerarse lectora. Incluso he recuperado esa pequeña inquietud de saber que se acerca el final y todavía no tienes otro esperando en la mesilla.

Ahora, cuando tengo un rato libre en casa, ya no quiero mirar el móvil ni buscar qué nueva serie empezar. Solo quiero volver a mi libro. Jamás hubiera pensado que uno de los mejores planes de una tarde de este verano sería quedarme en la terraza leyendo con la brisa del mar.

He tardado media vida en descubrir que un libro no tiene obligación de hacerme mejor persona. Con que consiga que deje el móvil en otra habitación y disfrute durante un rato, ya me parece bastante literatura.

Eso sí, mi reconciliación con la lectura ha llegado acompañada de unas gafas de presbicia con cordoncito. Mentalmente he vuelto a los dieciséis; estéticamente he envejecido veinte años.

Solo espero que este no sea un amor de verano. Ya he empezado un nuevo libro y lo he traído de fin de semana. A ver si esta vez sale del bolso.