Frivolidad LXVIII: Las extraescolares
Cuando era pequeña pensaba que las extraescolares terminaban al hacerse adulto. Qué ingenuidad. Termina el colegio, sí, pero una sigue necesitando que alguien le diga dónde tiene que estar un martes a las siete de la tarde y qué ropa debe llevar.
Las extraescolares de adulto me parecen absolutamente necesarias. Sirven para despejar la cabeza, conocer gente, mover el cuerpo, aprender cosas nuevas y, sobre todo, impedir que tengamos demasiado tiempo libre para pensar en nuestras vidas. El único inconveniente es que, si una se descuida, puede terminar destinando a sus hobbies una cantidad mensual perfectamente equiparable a una hipoteca.
Yo tengo varias.
Está Pilates, naturalmente. A estas alturas Pilates ya no es una actividad física, es una categoría social. Hay personas que hacen Pilates y personas que todavía no han entendido que deberían hacerlo. Me gusta llegar, colocarme los calcetines antideslizantes y pasar cincuenta minutos intentando que movimientos aparentemente insignificantes hagan temblar músculos cuya existencia desconocía.
Luego está barre, que me permite vivir durante una hora la fantasía de haber sido bailarina clásica en otra vida. Una bailarina con muy poca flexibilidad, eso sí. Me agarro a la barra, estiro el empeine con toda la dignidad posible y hago veinte pulsos diminutos hasta que empiezan a arderme partes del cuerpo que cinco minutos antes estaban perfectamente.
Y después pago el gimnasio.
El gimnasio merece un capítulo aparte porque apenas lo utilizo como gimnasio. Mi cuota forma parte de ser buena novia.
Voy para acompañar a mi novio.
Él entra en ese territorio de máquinas, discos y testosterona con un propósito que comprendo solo parcialmente. Yo me instalo en una esquina con una esterilla y mis mancuernas de un kilo, rodeada de hombres enormes que levantan pesos equivalentes a pequeños electrodomésticos.
Ellos gruñen.
Yo hago elevaciones laterales.
Ellos dejan caer ciento veinte kilos contra el suelo.
Yo termino una serie y pienso que quizá mañana debería subir a kilo y medio.
Cada uno libra sus propias batallas.
Por supuesto, las extraescolares adultas han evolucionado. Ya no basta con hacer deporte. Ahora también tenemos que hacer cosas con las manos.
La cerámica se ha convertido en una auténtica fiebre. De repente todo el mundo quiere hacer un cuenco.
Personas con trabajos perfectamente respetables pagan por sentarse durante dos horas delante de un torno para fabricar un recipiente ligeramente torcido que después enseñan con enorme orgullo diciendo: «Lo he hecho yo».
Y me parece fenomenal.
Seguramente podrían haber comprado uno precioso por doce euros, pero ese no es el asunto. El asunto es pasar dos horas sin mirar una pantalla y salir de allí sosteniendo algo que demuestra que has utilizado las manos para una actividad distinta a escribir un WhatsApp.
También está el crochet.
Tengo amigas que han empezado a tejer. Mujeres inteligentes, modernas y perfectamente funcionales que de pronto hablan de ovillos con la excitación con la que antes hablábamos de chicos.
Me fascina.ç
Seguramente el verdadero progreso consistía en estudiar, independizarnos, tener nuestros propios trabajos y acabar voluntariamente haciendo las mismas cosas que nuestras abuelas, pero pagando una mensualidad por aprenderlas.
Y luego están ellos. Y el pádel.
La gran epidemia masculina de nuestro tiempo.
Detesto el pádel. Lo digo con absoluta tranquilidad porque también lo sufro.
El pádel no es un deporte: es una estructura alrededor de la cual algunos hombres han reorganizado sus vidas. Nunca es simplemente «voy a jugar al pádel». Primero hay que encontrar otros tres hombres. Después reservar pista. Después discutir el nivel de cada uno. Después jugar. Después tomar algo. Después comentar el partido como si acabaran de disputar una semifinal en Wimbledon.
Y lo peor es que siempre falta uno.
No conozco a ningún hombre que juegue al pádel y no haya enviado alguna vez un mensaje desesperado preguntando: «¿Alguien para mañana a las ocho? Nos falta uno».
Siempre falta uno.
Sospecho que buena parte de las relaciones sociales masculinas contemporáneas se sostienen gracias a ese cuarto jugador.
Nosotras tenemos Pilates y ellos tienen pádel. La civilización continúa.
También están quienes aprenden italiano, quienes hacen cursos de cocina, quienes empiezan pintura, quienes se apuntan a un club de lectura y terminan hablando del libro durante exactamente siete minutos antes de pasar a asuntos mucho más interesantes. Tengo enorme simpatía por todos ellos.
Porque creo que llega una edad en la que las extraescolares dejan de ser una forma de aprender y se convierten en una manera de seguir jugando.
La vida adulta tiene una desagradable tendencia a llenarse únicamente de cosas útiles. Trabajar. Hacer la compra. Contestar correos. Ir al dentista. Renovar seguros. Poner lavadoras. Ahorrar para una jubilación cuya existencia futura nadie puede garantizarnos.
Y en medio de todo eso, resulta bastante saludable pagar una cantidad de dinero completamente desproporcionada para pasar una hora agarrada a una barra imaginando que eres bailarina.