Frivolidad LXVII: El Atlántico
Siempre me he considerado una chica mediterránea. No de las que se visten como si vivieran todo el año en Ibiza, sino de las que aman la calma, los pinos y el canto de las chicharras. Sin embargo, en los últimos años he descubierto que, al menos en verano, me he vuelto absolutamente atlántica. Quizá sea la edad.
El bochorno de este verano me ha convertido definitivamente en una señora que comenta varias veces al día el calor que hace, consulta las previsiones meteorológicas y recuerda con nostalgia aquellos años en los que por la noche refrescaba y había que ponerse una rebequita.
A determinada edad, dormir tapada en agosto empieza a parecer un lujo.
Después de pasar una quincena en la costa de Portugal, he confirmado mi conversión. Por las mañanas hace fresco y apetece visitar pueblos, comprar en mercados y pasear sin buscar desesperadamente la siguiente sombra. Por la tarde sale el sol y puedes pasar horas en la playa sin sentir que estás siendo cocinada a baja temperatura.
Y por la noche vuelve a refrescar. Y duermes tapada. Con colcha.
No sé en qué momento de mi vida esto se convirtió en un argumento definitivo para elegir un destino de vacaciones.
También ayuda la comida. Cuanto más viajo, menos interés tengo por encontrar restaurantes sofisticados y más por descubrir dónde compran los tomates los vecinos. En Portugal eso suele llevarte a mercados municipales, pequeños puestos junto a la carretera y pescados y mariscos que necesitan poca intervención para ser maravillosos.
Después están las mareas. En el Atlántico una playa nunca es exactamente la misma. Puedes bañarte por la mañana en una pequeña cala y regresar unas horas después para descubrir que el mar se la ha llevado. O que ha ampliado sus límites con generosidad. Me gusta que el paisaje decida sorprenderte cada día sin avisar.
Y, por supuesto, está la ropa.
El Atlántico permite vestirse en verano. Camisas de lino, pantalones largos, jerséis marineros y zapatos que no tienen necesariamente que enseñar los dedos de los pies. Después de semanas intentando llevar la menor cantidad posible de ropa, ponerse un suéter para cenar resulta sorprendentemente sofisticado.
La primera vez que estuve en Bretaña comprendí que allí había algo de mí. Después me ha ocurrido lo mismo en Galicia, Asturias y Portugal, lugares donde el verano huele a mar pero también a bosque, las playas pueden estar vacías y siempre conviene llevar algo de abrigo en el coche.
Sigo necesitando el Mediterráneo. Sus baños al atardecer, las noches de terraza, los tomates y ese verano que parece no terminar nunca.
Pero he llegado a una edad en la que 22 grados, una playa salvaje y una rebequita empiezan a parecerme unas vacaciones perfectas.
Quizá no me esté haciendo atlántica. Quizá simplemente me estoy haciendo mayor.
