Frivolidad LXVI: Nuestros favoritos de verano
Con el verano lo bastante avanzado para alimentar las contradicciones pero no demasiado como para no tener propósitos, compartimos algunas de nuestras cosas favoritas para vivir un agosto lleno de frivolidad.
Nuestros veranos siempre han transcurrido en una playa sin paseo marítimo, con un único bar como punto de encuentro y largos senderos rodeados de pinos. Con los años, y los viajes, hemos visto otras formas de veranear que nos confirman que la nuestra está entre las mejores. Por eso y como último artículo antes de irnos de vacaciones, os dejamos nuestra lista de frivolidades estivales, escrita a cuatro manos por las dos hermanas Handrich. Y si nos conocéis lo suficiente, sabréis a quien pertenece cada una.
La playa
Me gusta ir a la playa lo más ligera posible, andando o en bicicleta, solo con lo puesto y una toalla. Si algo necesita ir en una nevera rígida, probablemente no sea imprescindible.
Adoro las tardes de mar o de piscina. Especialmente los baños al atardecer. Menos calor, menos gente y la agradable sensación de que el día todavía puede sorprenderte aunque al día siguiente haya que trabajar. En Francia y Portugal lo entendieron hace tiempo.
La ducha de agua fría.
Iguala a ricos y pobres, a mayores y niños, a guapos y feos. No importa cuánto dinero tengas: una ducha helada después de volver de la playa produce exactamente el mismo placer. Quitarte la sal, notar cómo el agua todavía arrastra algún granito de arena rebelde y salir envuelta en una toalla blanca. Si además es una ducha exterior, mejor todavía. Me parece una de las mayores conquistas de la civilización.
Los planes
Intento declinar la mayoría de planes y compromisos. Cualquier cita puede esperar a que la temperatura baje de 30 grados.
Espero aburrirme todo lo que pueda, y no intentar reinventarme ni aprender nada.
Reclamo el derecho a unas cuantas tardes de comer pipas, dar paseos en bici y no tener absolutamente nada que hacer.
La rebequita.
No porque abrigue demasiado. Precisamente porque no abriga casi nada. La rebequita anuncia que el calor ya ha hecho su trabajo y que la noche empieza a ponerse interesante. Es la prenda más optimista del armario. Jamás he conocido a nadie que se pusiera una rebequita para tener una mala conversación.
Las sandalias
Espero que no llegue agosto sin el debate anual con mi hermana sobre por qué no debo comprarme unas Birkenstock.
Los libros de verano.
Hay novelas que solo entiendo con los pies descalzos. El talento de Mr. Ripley, Buenos días, tristeza, El jardín de los Finzi-Contini, El amante… Libros que saben a persianas medio bajadas y a crema solar cara. Intento no leerlos en invierno. Sería como comer turrón en abril.
La gastronomía estival
Uno de los grandes placeres cotidianos es disfrutar de un gazpacho casero, en cualquiera de sus variantes, como una edición limitada de verano.
Escapar a algún sitio del Atlántico es una de las mejores frivolidades. Agua bien fría, buena comida y camisas de lino.
Las cerezas.
Grandes, crujientes y oscuras. Me producen una felicidad completamente desproporcionada. Cada verano las como con cierta ansiedad porque sé que desaparecerán. Y cuando llega agosto y dejan de estar buenas siento una pena absurda. Las cerezas son como algunos amores: demasiado breves para lo mucho que prometían.
El barco
Salir a navegar al menos un día, en un barco que no sea tuyo.
Saludar a desconocidos.
En verano ocurre una cosa maravillosa: la gente empieza a saludarse. Caminas por un paseo marítimo, por un sendero o por una cala y, de pronto, intercambias un “buenos días” con alguien a quien no volverás a ver nunca. Durante unos segundos dejáis de ser dos desconocidos y pasáis a ser simplemente veraneantes.
Y esa palabra siempre me ha parecido preciosa.
En los mejores veranos, nunca pasan grandes cosas, y por eso pasan cosas grandes. Nosotras pensamos que ahí, precisamente ahí, vive el auténtico lujo. No en tener más veranos que nadie, sino en aprender a estirar cada uno como si fuera el último.
Os deseamos que este verano os deje, al menos, un buen helado, un rato muerto y algún chiringuito de verdad.