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CARO DIARIO

Frivolidad LXIII: España

Cuanto más viajo, más me gusta España.

Y esto no deja de sorprenderme porque me encanta viajar. Me gusta llegar a ciudades nuevas, perderme por supermercados extranjeros, admirar iglesias italianas, comer ostras francesas y tratar de apreciar el diseño escandinavo. 

Pero siempre me ocurre lo mismo: vuelvo a casa con la sensación de que aquí tenemos algo extraordinario. Y que, además, no terminamos de creérnoslo.

Los españoles tenemos una curiosa tendencia a pensar que todo lo bueno ocurre en otro sitio. Nos entusiasma lo extranjero. Nos emocionamos con mercados navideños alemanes que parecen decorados de cuento mientras ignoramos que tenemos ciudades enteras que podrían haber sido construidas por un escenógrafo.

Resulta que aquí tenemos catedrales que son una absoluta barbaridad. La de Burgos. La de Sevilla. La de León. La de Santiago. Monumentos tan desproporcionadamente bellos que en otros países tendrían colas permanentes de tres kilómetros y documentales diarios.

Y luego está la gastronomía. ¡Qué pesadilla viajar con españoles! No hacemos más que comparar.

Porque es imposible no hacerlo.

Puedes comer estupendamente en cualquier parte del mundo, pero luego vuelves y recuerdas una tortilla de patata bien hecha, una anchoa de Santoña, unas gambas de Huelva, un cocido madrileño, un pulpo gallego, unas migas extremeñas, una sobrasada mallorquina o un queso manchego y comprendes que la competición era injusta desde el principio.

En España se come bien incluso donde se come mal.

Esa es la diferencia.

Tenemos una obsesión colectiva por el producto que nos sale de manera natural. El tomate sabe a tomate. El aceite sabe a aceite. 

Por eso tantos extranjeros han terminado enamorándose de ella.

Ernest Hemingway vino buscando toros y encontró una obsesión. Orson Welles pidió que sus cenizas descansaran aquí. Ava Gardner convirtió Madrid en una fiesta permanente. Richard Ford, Gerald Brenan, Laurie Lee y tantos otros dedicaron páginas enteras a intentar explicar lo que ocurría en este país sin terminar de conseguirlo. Porque España se entiende mal desde la lógica.

También tenemos una curiosa capacidad para discutir por absolutamente todo.

Da igual el tema. En España dos personas pueden convertir una conversación sobre aceitunas en un conflicto que perdure generaciones. Nos indignamos con facilidad, nos reconciliamos deprisa y volvemos a empezar.

Nuestros políticos son una fuente inagotable de decepciones. De ambos lados, para que nadie se emocione demasiado. La burocracia parece diseñada por alguien con un sentido del humor particularmente retorcido. Los horarios son absurdos. Las administraciones te piden documentos que ellas mismas emitieron. Y seguimos teniendo una habilidad extraordinaria para complicar asuntos que en otros países resolverían en diez minutos.

Somos un pitorreo en muchas cosas. Y, sin embargo, hay algo que funciona.

Lo noto especialmente estos días, cuando vuelve el fútbol y todo el país entra en un estado emocional extraño. A mí el fútbol me importa un pito. Soy incapaz de explicar un fuera de juego y durante años pensé que Ronaldinho y Cristiano Ronaldo eran la misma persona. Pero llega un Mundial, o una Eurocopa, y de pronto me descubro queriendo que gane España.

No porque me guste el fútbol (Dios me libre). Porque me gusta España.

Me gusta esa alegría colectiva tan difícil de describir. Me gusta ver banderas en balcones donde normalmente solo hay geranios. Me gusta que, por unas horas, personas que no se pondrían de acuerdo ni para elegir un restaurante compartan la misma esperanza.

Quizá sea porque viajar te enseña muchas cosas, pero sobre todo te enseña perspectiva.

Y cuanto más viajo, más me doy cuenta de que España no es un lugar perfecto. Gracias a Dios.

Es ruidosa, contradictoria, exagerada, impuntual, desordenada y muchas veces desesperante. Pero también es brillante.

Es el país donde puedes desayunar en una plaza romana, comer junto a una catedral gótica, cenar frente al Mediterráneo y terminar la noche discutiendo apasionadamente sobre si la tortilla es mejor con o sin cebolla.

Y lo más extraordinario es que nadie aquí considera que eso tenga nada de extraordinario.

Quizá por eso me gusta tanto volver.

Porque admirar lo ajeno es un placer. Pero aprender a enamorarte de lo propio es una forma de inteligencia. De hecho, este verano he vuelto a enamorarme de la canción Quijote, de Julio Iglesias (sí, ya se que está canceladísimo y bla, bla, bla).

En fin, que después de muchos viajes, he llegado a una conclusión bastante sencilla:

si volviera a nacer, me seguiría pidiendo España.