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CARO DIARIO

Frivolidad LXII: El chiringuito

El chiringuito de playa es el único lugar del mundo donde una silla de plástico me parece aceptable, incluso deseable. Te hace recordar que para ser feliz no necesitas nada. 


Donde veraneamos, instalado con gracia en un aparcamiento a la entrada de la playa, durante muchos años estuvo “Leo”. Un contenedor de metal con sillas plegables de madera y sin agua corriente. Al llegar, Leo te lanzaba una bayeta para que te limpiaras tú mismo la mesa. Pero servía el mejor pescado fresco de la zona. Él mismo se encargaba de salir a buscarlo cada madrugada.

Algunos de mis mejores recuerdos de verano han transcurrido en casetas de plástico con vinilos de marcas de helado y ceniceros patrocinados por un vermú. Comer ensalada payesa y dorada a la brasa en una cala del norte de Ibiza, en una silla de plástico con los pies en la arena. Y ser absolutamente feliz. 

Al chiringuito de playa solo le pido que no quiera ser lo que no es. Que tenga la bebida bien fría y, en el mejor de los casos, una carta escueta y cantada de productos frescos: clóchinas, sardinas a la plancha, aceitunas y tomate bien aliñado. Una plancha muy gastada y, por supuesto, polos. Hay otros lugares para los poke bowls y las tostadas con aguacate. 

Me gusta la manera que siempre han tenido los chiringuitos de integrar a personas muy diferentes. Por un ratito, sientes que solo perteneces a ese lugar y puedes dejar que las horas se escapen mientras se pone el sol. 

No me gusta el concepto de beach club. Ni el nombre ni la forma de importar conceptos que no nos pertenecen. Son lugares con vistas al mar pero sin alma, con muebles fabricados en serie, algunos troncos dejados caer, cojines beige, camareros con uniforme boho- chic y absolutamente ningún encanto. 

Puedo bailar en un chiringuito, pero no me interesan los chiringuitos de bailar. No me gustan los sitios donde las cosas se dan por sentadas. Donde tienes que hacer cola para pedir una bebida, o peor, para sacar un ticket para pedir una bebida. Donde parece que vivir con intensidad sea cosa demostrable. 

Por suerte, todavía quedan chiringuitos de verdad donde puedes ser muy feliz y no quieres hacerte una foto. Pero no voy a revelar ninguno, por si el dueño tiene la tentación de empezar a servir poke bowl.