Frivolidad LXIV: Los helados
Comer un helado es un ejercicio de mindfulness con extra de endorfinas. Una terapia de cinco minutos que no necesita cita previa.
Los helados pueden hacerte feliz, aunque sea por unos breves y deliciosos instantes. El cine ha convertido el helado en el alimento oficial de los corazones rotos. Bridget Jones, Rachel Greene o Carrie Bradshaw han ahogado sus penas cucharada a cucharada. Mi hermana, aunque no estaba triste, pasó muchos años cenando solo helado, que iba a buscar cada noche como en una peregrinación. Porque no valía cualquier helado.
Hay dos tipos de personas: las de vasito y las de cucurucho. Yo soy absolutamente del segundo grupo, y además de las que empujan el helado bien al fondo para que se mezcle con el barquillo.
Se puede saber mucho de alguien por la manera en que se come un helado. Hay quien los disfruta como premios, quien acaba con ellos en dos bocados o quien se los come lentamente para alargar el momento lo máximo posible. Los puristas no mezclan sabores, los aventureros se la juegan con combinaciones imposibles. Yo jamás tiro el cucurucho cuando está vacío. Me parece un escándalo.
Mi infancia, como casi todas, estuvo marcada por los helados, y por su versión más humilde, los polos. Los que tenían premio en el palo, los que te condenaban a seguir buscando o el de chocolate que me ensuciaba el bigote los domingos después de misa. Con los años, pasé de tomar cuatro seguidos a buscar el menos calórico del cartel. Fue el primer síntoma de que me hacía mayor.
No soy una gran entusiasta del dulce, pero un buen helado de chocolate me conquista. Ese “buen” debería ir en mayúsculas, porque he visto demasiados ultrajes a un producto tan delicioso. Prefiero mil veces un sabor sencillo y de calidad a un sabor inventado o un exceso de toppings.
Sin embargo, confieso que me fascina el de yogur que sirven las tiendas especializadas con una máquina. Y, por supuesto, me he tragado absolutamente todo el discurso que asegura que tiene prebióticos y probióticos. Con la salsa de Ferrero Rocher seguro que es más saludable.
De los clásicos, nunca he entendido el Drácula, con su vainilla, cola y fresa ácida en el mismo palo. Sus fans incondicionales defienden a ultranza esta combinación pero para mí entra en la misma categoría que el helado de Pitufo o el de donut. El Calippo, el Frigo Pie y Twister son como los Rolling Stones de la nevera del bar: siempre son cabeza de cartel y nunca defraudan.
Hay sabores injustamente relegados a segunda categoría como la nata, la vainilla, la fresa y, a veces, el chocolate. Pero son el santo grial y si están bien elaborados no necesitan añadidos como sal, cookies o fudge para ser excelentes.
Los de frutos secos son la aristocracia de los helados. Estoy segura de que el de pistacho mira al de vainilla por encima del hombro. Pienso lo mismo de la tarta Comtessa, un postre con título nobiliario que nunca ha querido mezclarse con el resto de congelados y que en los 90 se anunciaba servida en bandeja de plata por un mayordomo con guante blanco.
Da igual si es un gelato italiano, uno de turrón en una heladería valenciana o uno de caramelo salado en Bretaña. Los buenos helados pertenecen a la calle. Necesitan un paseo y cierta sensación de que el tiempo no importa demasiado.
Al final, todos los helados te llevan al mismo sitio: a no pensar en nada más que en llegar a tiempo al siguiente bocado. Y se me ocurren pocas formas tan agradables de estar completamente en el presente.
