Frivolidad LXI: El restorán
He decidido que voy a empezar a llamar restorán a los restaurantes. Como hacen todas las señoras mayores a las que admiro. Mujeres que saben elegir melocotones, que tienen una mercería de confianza y que todavía pagan en efectivo. Además, la palabra restaurante se ha llenado de conceptos. Restorán, en cambio, huele a salsa de verdad y a sobremesa larga.
Vivimos un momento extraño. Cualquier sitio se considera cool por servir una gilda a precio de oro sobre una bandeja de inox y poner la carta en una tipografía ilegible. Parece que la autenticidad se ha convertido en una estrategia de marketing y que la palabra “experiencia” ha sustituido a la palabra “comida”.
Yo, que cada día me vuelvo más señora y menos impresionable, he decidido recopilar cuáles son las cosas que considero imprescindibles para que un restorán se cuele en mi lista de favoritos.
Para empezar: nada de cartas en código QR. Papel siempre.
No quiero sostener el móvil mientras decido qué voy a cenar. El móvil ya interfiere bastante en nuestras vidas como para dejarle entrar también en la mesa. Elegir un plato debería parecerse más a leer una novela corta que a aceptar las cookies de una página web.
Si me hablan de usted, mejor que mejor.
Automáticamente me convierto en una marquesa. Y es uno de los pocos lugares donde no me importa parecer una señora. Que un camarero diga: “¿Qué le apetece tomar?” en lugar de “¿Qué vais a querer?” mejora cualquier comida. El usted es un lujo invisible que deberíamos recuperar.
Aunque no pida postre, considero imprescindible que al pedir el café aparezca un pequeño detalle dulce.
Una teja, una trufa, una pasta de té, una mini magdalena. No importa el qué, importa el gesto. Es una costumbre que se ha perdido y para mí vale más que cualquier espuma de coliflor ahumada.
La cocina debe ser de mercado y el producto, impecable.
Huyo de los platos que necesitan cinco salsas, siete texturas y una explicación de ocho minutos por parte del camarero. Un tomate excelente no necesita demasiada ayuda. Tampoco un pescado fresco.
La sofisticación está en la selección, no en el disfraz.
Y nada de fusión.
Lo siento. Es que me niego. No quiero ninguna fusión de nada. Si quiero comida japonesa, voy a un japonés. Si quiero un ceviche, voy a un peruano. El mestizaje está muy bien para las personas, pero no siempre para las cartas. Si leo la carta y en el apartado de entrantes conviven la ensaladilla rusa y los nigiris se me quita el hambre.
Una cosa buena que he descubierto (siguiendo las recomendaciones de mi terapeuta que dice que debo salir de mi zona de confort), es que puedo ser flexible con el mantel.
Me encanta el mantel de tela, claro. Pero he comido auténticas maravillas en mesones con mantel de papel. Lo importante no es el tejido: es la intención.
Ahora bien: no creo que vuelva nunca a un bar que te saque palillos.
Todos sabemos lo que hace la gente con los palillos y eso no debería hacerse en público. Y mucho menos en la mesa.
También me gusta que el camarero tenga criterio. Que recomiende. Que opine. Que haya probado todos los platos de la carta. Cuando le pregunto a un camarero si la tarta de queso está rica y me contesta que no lo sabe porque no la ha probado, me acuerdo de esos padres que se sorprenden mucho cuando su hijo fuma porros porque ellos creen que es un santo y resulta que en realidad no le conocen en absoluto.
Me gustan los sitios con pocas mesas. Los que no tienen música demasiado alta. Los que permiten escuchar la conversación sin sentir que estás en una despedida de soltero.
Me gustan las cartas cortas. Las cartas larguísimas son una demostración de inseguridad. Si un restorán hace dos cosas bien, no necesito que intente hacer otras cuarenta regular.
Me gusta que el aceite sea bueno y que no tengan miedo a ponerlo sobre la mesa. Me gusta que el pan esté caliente. Y me gusta que la cuenta llegue dentro de una carpeta de piel o, al menos, sin prisas.
Porque un buen restorán no es un lugar al que vas a comer. Es un lugar del que sales convencida de que la vida puede ser un poco mejor de lo que parecía una hora antes.
Posdata: el viernes volviendo de viaje paramos en un restaurante de carretera entre Burgos y Madrid. Parecía el típico restaurante suizo, de los que aparecen en El discreto encanto de la burguesía de Buñuel. Comimos allí, pedimos dos cortados y vinieron acompañados de dos diminutas magdalenas artesanas de chocolate. Por supuesto, volveré.