Frivolidad LX: El equilibrio
Con los años, he abandonado la idea del alto rendimiento para instalarme en el equilibrio, un espacio en el que la vida es confortable sin resultar soporífera. Hay quien lo llamará mediocridad. Puede ser.
Admiro a las personas altamente productivas, a las que corren maratones, consiguen no comer ni un carbohidrato de más, hacen retiros de silencio o logran emprender con éxito durmiendo poco. He intentado estar a este nivel, y mi salud mental se ha resentido cada vez.
Porque soy más feliz levantándome a las ocho, trabajando en algo que me gusta y recogiendo a mis hijos del colegio.
Me ha costado llegar a esa conclusión y me he sentido culpable a veces por lo que se consideraría falta de ambición.
Porque nadie presume de dormir ocho horas, mantener un peso razonable, una relación estable y unos análisis de sangre sin asteriscos. No hay libros titulados “Tenía poco estrés y comía muchas verduras”.
Pero tener la mente serena, hablar con la calma de un profesor de yoga y tener tiempo para quedar a comer con los amigos me parecen objetivos más que razonables. Nos han convencido de que hay que ser de alto rendimiento en todo, yo estoy dejando de creérmelo.
La productividad tiene relato. Éxito profesional, niños bien educados y la manicura perfecta. Nadie publicará el manual de la madre que se salta el skincare por la noche, consigue llevar las mechas al día y tener un aspecto razonablemente elegante.
El equilibrio es bastante más impopular pero exige decisiones diarias. Encontrar el término medio entre correr cien kilómetros y mantenerte en forma, entre poner un límite a los horarios de trabajo y ser workaholic.
He leído mucho sobre rutinas altamente productivas, pero se me desmontaban muy rápido. Prefiero inventarme una reunión para ir a la peluquería que llegar a todo con el pelo sin hacer.
Porque la felicidad tiene bastante menos que ver con el alto rendimiento de lo que nos han hecho creer.