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CARO DIARIO

Frivolidad: LIX

Casi toda mi vida he pensado que viajar consistía en llegar. Llegar a París, llegar a Roma, llegar a un hotel bonito donde alguien te recibiese con una copa de champagne y una reserva para cenar. Luego llegó la pandemia y, como tantas otras cosas, me obligó a cambiar de opinión.

Fue entonces cuando descubrí los viajes por carretera. Y desde entonces creo que son infinitamente más chic que los aeropuertos.

Los aeropuertos son lugares donde todo el mundo parece enfadado. El road trip, en cambio, tiene algo de película. Algo de pareja que todavía se gusta.

Viajar por carretera es empezar las vacaciones mucho antes de llegar a ninguna parte.

Todo comienza con la playlist. La preparación de una buena playlist es una actividad que debería contar como terapia de pareja. Hay negociaciones, concesiones, pequeñas victorias y algún que otro acto de generosidad. La música de un viaje debe parecerse al lugar al que vas. El año pasado atravesamos la Provenza escuchando a Dalida. Durante días vivimos dentro de una postal francesa: carreteras secundarias, campos de lavanda, anticuarios increíbles y nosotros cantando en un francés deplorable pero entusiasta.

Recuerdo especialmente una mañana en la que paramos en un pueblo minúsculo para comprar melocotones en un puesto al borde de la carretera. No había ninguna razón para hacerlo. Tampoco ninguna razón para no hacerlo. Y quizá esa sea la definición de vacaciones.

La Costa Brava es otro de mis road trips favoritos. Esas curvas junto al mar me producen una felicidad completamente irracional. Me gusta mirar por la ventanilla, comentar las casas que aparecen escondidas entre los pinos y discutir sobre cuál compraríamos si nos tocara una cantidad obscena de dinero. Nunca llegamos a un acuerdo, por supuesto. Pero el juego forma parte del viaje.

También me gusta San Sebastián. Y la posibilidad absolutamente frívola de cruzar la frontera para ir a comer a Biarritz. Encuentro muy romántico conducir una hora simplemente porque te apetece un almuerzo en otro país. Los europeos damos por sentado privilegios que, bien pensados, son una extravagancia maravillosa.

Lo que más me gusta del road trip, sin embargo, son las horas.

Las horas de coche.

Porque llega un momento en el que ya se ha hablado de todo lo importante y empieza lo verdaderamente interesante. Las conversaciones absurdas. Las teorías imposibles. Los recuerdos que aparecen de la nada. Los silencios cómodos.

Hay pocas pruebas de amor más fiables que compartir cinco o seis horas de carretera con alguien.

Ahí desaparece la versión editada de uno mismo. Aparece la persona que protesta porque tiene hambre, la que se empeña en no parar a repostar, la que pone una canción horrible y obliga al otro a escucharla entera. La que exige una parada cada dos horas porque bebe como un camello y su vejiga es la de una señora de 87 años (yo).

Y aun así quieres seguir viajando con ella.

Eso es amor.

En los viajes por carretera siempre terminamos comprando fruta. No sé por qué. Cerezas, melocotones, albaricoques. Fruta comprada en gasolineras, en mercados improvisados o en puestos de carretera que parecen existir únicamente para nosotros. Comer fruta mientras conduces es deliciosamente europeo. Algo que hace que la vida parezca sencilla.

Quizá por eso me gustan tanto los road trips. Porque son viajes donde el trayecto no es un trámite sino parte de la historia.

En un avión uno desaparece y reaparece en otro lugar.

En la carretera, en cambio, ves cómo cambia el paisaje. Cómo cambia la luz. Cómo cambias tú.

Es romántico atravesar un país junto a la misma persona, viendo pasar el mundo por la ventanilla, sabiendo que no tienes ninguna prisa por llegar.

Porque a veces el destino es maravilloso.

Pero otras veces el viaje es todavía mejor.