Frivolidad LVIII: Junio
Junio es el único mes que no promete nada y por eso lo cumple todo.
Tras el frenesí de mayo, sus eventos, sus compromisos y sus cumpleaños, junio se salta rutinas, devuelve la calma, anticipa el verano. Lo mejora.
Tengo grandes recuerdos de junio. La noche de San Juan saltando nueve olas y pidiendo nueve deseos. El número me lo inventé, pero se convirtió en ritual. Volver en un barco de Mallorca, con el selectivo terminado y el futuro por decidir. Así funciona junio.
Si me preguntas, prefiero el pre-verano. El final de curso, el primer baño en la piscina. Sin buenos propósitos ni impuestos trimestrales. Una tierra de nadie que es fértil y te regala atardeceres de oro.
Me gusta junio porque es un mes sin expectativas. Las únicas que yo tengo son mudarme lo antes posible al apartamento, que las sandalias no me rocen, que dure la pedicura, que el sol no me queme de forma traicionera. Todo lo demás es inesperado y bienvenido, como una herencia de un pariente lejano que llega de repente.
El telonero del verano es liviano, tenue y fresco.
Puedo estar muy ocupada, o decir que estoy muy ocupada, para escapar de ciertos compromisos con impunidad. En junio se entiende. En julio y agosto, no.
Este último fin de semana de mayo me he saltado partidos, celebraciones y obligaciones varias para escaparme en pareja, solo unas horas. Bañarme en aguas cristalinas, comer cangrejos, comprar mimbre. Para mí, ha empezado el verano.
Muchos esperan al solsticio con la vana promesa de que lo mejor está por venir. Pero lo mejor ya está aquí. Un mes que no se define y no espera nada de ti, salvo que aciertes en el regalo de la profesora.
En junio desnudas tus pies, desnudas tus brazos y, algunas tardes, desnudas también tu alma en una terraza mientras tomas un cóctel o dos.
