Skip to content
X

CARO DIARIO

Frivolidad LVII: estar triste

Toda mi vida me ha parecido de muy mal gusto estar triste.

No deprimida (eso es otra cosa y además muy seria) sino triste. Triste de esa tristeza cotidiana, algo absurda. La tristeza de mirar por la ventana sin motivo concreto. La tristeza de sentir un vacío rarísimo un martes por la tarde. La tristeza de echar de menos algo que ni siquiera sabes nombrar.

Nunca me la he permitido. Excepto los domingos por la tarde, claro.

Porque siempre he sido muy consciente de lo afortunada que soy. Y eso, durante muchos años, me ha convertido en una especie de policía emocional de mí misma. ¿Cómo voy a estar triste teniendo salud, amigos, una casa bonita y acceso ilimitado a buen aceite de oliva? Me parecía feo. Casi ofensivo. Una falta de educación hacia el sufrimiento ajeno.

Siempre hay alguien peor, claro. Alguien con una enfermedad gravísima, alguien huyendo de una guerra, alguien que no llega a fin de mes, alguien cuyo exmarido le ha dejado una caravana y tres hijos. El mundo está lleno de tragedias objetivamente más importantes que las tuyas.

Y, sin embargo, una puede estar triste porque sí.

Esto es algo que estoy aprendiendo ahora, bastante tarde y gracias a la terapia. Resulta que no hace falta justificar cada emoción como si fueras a presentarla ante un comité. Resulta que la tristeza no tiene que pasar un control de calidad moral para existir.

Puedes estar triste porque alguien no te quiso bien. Porque te da miedo el futuro. Porque tienes treinta y tantos y aún no sabes exactamente qué estás haciendo con tu vida. Porque una amiga se ha alejado. Porque tu cuerpo cambia. Porque se han terminado las vacaciones. Porque sí.

Y además, (esto me costó muchísimo entenderlo) comparar tristezas es una actividad completamente inútil. El dolor no es competitivo. Nadie gana.

Hay personas que viven dramas gigantescos con una serenidad admirable y otras que se desmoronan porque alguien les habló mal en una cafetería. Y ambas cosas son reales. Ridículas a veces, sí. Pero reales.

Yo, durante años, he convertido el optimismo en una obligación. Había que estar bien. Había que ser agradable, divertida, ligera. Me he especiaizado tanto en minimizar mis propios problemas que he terminado convirtiéndome en una experta en no escucharme.

La terapia me está enseñando algo incómodo: que evitar la tristeza no te convierte en una persona fuerte. A veces solo te convierte en una persona agotada.

Ahora estoy aprendiendo a hacer algo dificilísimo: dramatizar un poco. Permitirme sentir pena sin inmediatamente relativizarla con una catástrofe internacional. Decir “estoy mal” sin añadir después “pero bueno, hay gente peor”.

Claro que hay gente peor. Siempre la habrá. Y también gente muchísimo mejor peinada que tú. Eso no invalida nada.

Además, sospecho que las personas que jamás están tristes son peligrosísimas. Desconfío de quien asegura estar siempre fenomenal. O son mentirosos o tienen una desconexión emocional francamente inquietante.

La tristeza, bien llevada, incluso puede tener algo chic. Te obliga a parar. A mirar. A pensar ciertas cosas. A escuchar música insoportable. A cancelar planes. A comprarte flores un miércoles.

No digo que haya que instalarse en ella como mi tía Amparo se instaló en un hotel de lujo durante diez años, pero sí dejarla pasar de vez en cuando. Ofrecerle un café. Escuchar qué quiere decirte.

Porque al final, sentirse triste no significa necesariamente tener una mala vida.

A veces significa simplemente tener una vida de verdad.